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Vergüenza no, indignación; por Javier Díaz-Albertini

“Alejandro Toledo no solo se robó nuestra plata, sino también la promesa de que la democracia solucionaría nuestros problemas”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Pinillos

“A pesar de que Toledo facilitó el fin del fujimontesinismo, nos hundió en una corrupción que fue más perversa porque tuvo lugar durante un régimen democrático”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

Mientras escribía esta columna, una amiga me wasapeó la noticia de que el ex presidente Alejandro Toledo había sido detenido por embriaguez pública. En el caso particular del estado de California, donde fue arrestado, estar ebrio en público no es un delito. Se convierte en uno menor cuando la persona es incapaz de garantizar su propia seguridad y la de otros, o cuando impide que los demás puedan transitar por la vía pública.

Acompañando la noticia, me envió un mensaje que decía: “¡Qué vergüenza! Ya se propagó por todo el planeta”. Bueno, sin duda es vergonzante, pero está muy lejos de ser lo más lamentable que haya hecho Toledo. A mí, particularmente, más que vergüenza, su actuación pública me causa indignación.

En primer lugar, me indigna que Alejandro Toledo, igual que todos nuestros ex presidentes vivos (incluyendo a Francisco Morales Bermúdez), estén con algún tipo de proceso judicial que haya derivado en sentencias culpables o en órdenes de captura internacional, extradiciones, prisiones preventivas o impedimentos de salida del país. Y ojo que no estamos hablando aquí de típicas querellas que puede sufrir todo ex gobernante, sino de serios crímenes, como lo son los de lesa humanidad y de alta corrupción. Creo que el Perú debe ser el único país democrático en esta situación.

En segundo lugar, me indigna que Alejandro Toledo haya traicionado la primavera democrática que vivía el país después del fin del autoritarismo fujimorista. Durante el período 2001-2003 existió una coyuntura favorable para fortalecer la institucionalidad democrática. En menos de dos años, se crearon la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y el Acuerdo Nacional, y se inició el proceso de regionalización. Asimismo, se introdujeron nuevos espacios para la participación ciudadana, como los presupuestos participativos y los consejos de coordinación local. En términos de la lucha contra la corrupción, se juzgó y encarceló a los principales implicados del período 1990-2000. Estas iniciativas fueron debilitadas por la inacción y la indiferencia toledista. Solo basta examinar cómo se desperdició la posibilidad de capitalizar las recomendaciones del informe final de la CVR, a pesar de que tuvo la oportunidad de hacerlo dado que gobernó durante tres años más.

En tercer lugar, durante su gobierno más del 50% de los peruanos vivía bajo la línea de pobreza, la mortalidad materna era una de las más altas de la región, la desnutrición crónica afectaba al 23% de los niños y niñas, y el déficit calórico se encontraba en 27%. Al mismo tiempo, Alejandro Toledo se enriquecía malamente. Ya sabemos de los casi US$45 millones que entregó Odebrecht, de los que la mitad pasó al ex presidente. ¿De cuánto más no sabremos? Y, a pesar de ello, fue un caradura para postular nuevamente en el 2011. También enardece que haya desdibujado todo lo que implicó la lucha contra la re-reelección y la Marcha de los Cuatro Suyos.

En cuarto lugar, me indigna su excesiva frivolidad. Uno de sus primeros actos como presidente fue subirse el sueldo a US$18.000 mensuales, el salario más alto de nuestro hemisferio con excepción de Estados Unidos. No es que esté en contra de una retribución digna a nuestras autoridades, pero en este caso era excesiva. Y no hablemos de su patética mitomanía y permanente necesidad de figurar con la que, inclusive, llegó a señalar que su madre había sido víctima del terremoto de 1970, cuando la señora había fallecido cinco años después producto de una enfermedad.

No me ha sido fácil escribir estas palabras porque aún recuerdo el importante papel que jugó Alejandro Toledo durante la década del 90. En ese entonces, yo dictaba un curso en una maestría de Ciencias Políticas. Mis alumnos me pedían que terminara temprano las clases para ir al Centro de Lima, a los mítines convocados por el “cholo sano y sagrado” en contra de la re-reelección. Sí, era enorme el entusiasmo y yo lo compartía. Pero ese recuerdo es cada vez más fugaz. A pesar de que Toledo facilitó el fin del fujimontesinismo, nos hundió en una corrupción que fue más perversa porque tuvo lugar durante un régimen democrático. No solo se robó nuestra plata, sino también la promesa de que la democracia solucionaría nuestros principales problemas.

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