Cómo creerle a Donald Trump cuando dice que lanzó una guerra preventiva urgente contra Irán para destruir sus avances nucleares, si ocho meses antes festejó su victoria regodeándose de que había eliminado todos los desarrollos atómicos iraníes.
Cómo creerle cuando afirma que su otra motivación es la de proteger las vidas de los iraníes de los ayatolas, que hace muy poco asesinaron a 30.000 de sus ciudadanos desesperados por conseguir calidad de vida y libertades –crímenes que todo ser humano debe abominar–, cuando el primer día de los bombardeos mataron a 162 niñas pequeñas en la escuela donde estudiaban.
Había que hacer algo frente a un régimen monstruoso pero, como decía el papa Francisco, “para conseguir la paz, se necesita mucho más valor que para hacer la guerra”. Convicción que hoy renueva el papa León XIV al pedir detener esta carnicería.
Múltiples analistas, entre ellos muchos norteamericanos, señalan que las verdaderas motivaciones de Trump son recuperar su imagen para las elecciones de medio término y sacar de la discusión pública el Caso Epstein, en el que ha ordenado ocultar la información que podría comprometerlo en la violación de mujeres menores de edad. No está consiguiendo ni lo uno ni lo otro, pero perseverará en su capricho porque le importa un comino lo que pase en el mundo.
¿Va a ganar la guerra? Si solo se midiera por la abrumadora superioridad militar, no queda duda de que sí, pero no hay que olvidar que ya las han perdido en Vietnam y Afganistán, frente a enemigos militarmente insignificantes.
Esta tragedia global, que no sabemos cuándo ni cómo terminará, ocurre en paralelo al agravamiento de nuestros inmensos problemas locales y, comprensiblemente, la mayoría lo siente lejano y ajeno.
Partamos por los taxistas que viven al día y no pueden trabajar desde la explosión en Megantoni, sin haber fecha cierta de solución.
Sigamos con los millones de amas de casa que cocinan con gas licuado de petróleo, que ya ven mermar sus escuálidos presupuestos al subir su costo en el mundo. A ello se añade el alza de los precios de muchos alimentos por los estragos iniciales de un probable fenómeno de El Niño costero, que podría tener efectos desastrosos las próximas semanas.
Ello ocurre no tanto por la ferocidad de las lluvias y los huaicos, sino por incompetencia, siempre acompañada de corrupción. Es que, habiendo desde El Niño costero del 2017 un plan financiado para que esto no vuelva a ocurrir, buena parte de lo que había que hacer no se llevó a cabo.
Cerremos con lo más doloroso e irremediable. En el marco del desgobierno, desde febrero los homicidios muestran una tendencia al alza alarmante, la que se ha acelerado aún más en los cinco primeros días de marzo.
Y ya que el comandante general de la PNP ha agregado a sus destrezas la de ser médium –“tenemos una conexión muy profunda con las ánimas”–, cabría preguntarle qué le han reclamado los 41 colectiveros, choferes de micros, cobradores, mototaxistas y taxistas que –el Observatorio del Crimen y la Violencia ha registrado– han sido asesinados entre el 1 de enero y el 5 de marzo: uno cada 37 horas.
Entre tanto, la respuesta del enésimo y breve ministro del Interior viene siendo la renovación del estado de emergencia y anunciar 6.000 policías más en las calles, como si hubiera un cuartel donde esos efectivos esperan su turno para salir.
Estamos, pues, ante una serie de agravados dramas humanos, que colisionan con un gobierno mamarrachento y con congresistas mayoritariamente mafiosos, que buscan ser reelectos, cueste lo que cueste, al país.
Y ya se acerca el 12 de abril, cuando por un instante el tiempo se detiene y millones de votantes, llenos de amargura, decidirán qué hacer con su voto.
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