Nadie en el Perú recuerda con nostalgia el período entre 1987 y 1990. El terrorismo y la hiperinflación habían llevado el país al borde del abismo. En ese contexto trágico, la economía peruana acumuló una contracción de 25,6% en su PBI (cerca del doble de la caída anual generada por la pandemia en el 2020).
Ese punto de referencia nacional debería dar algunas luces sobre la dimensión de la destrucción de la economía venezolana, con el chavismo al frente. Según el informe publicado ayer en este Diario por el Instituto Peruano de Economía (IPE), entre el 2013 y el 2024 la economía bolivariana cayó cerca de 70%, un desplome casi tres veces más grave que el del Perú de finales de los ochenta. Son cifras que, históricamente, solo se registran en un país en situación de guerra extendida y profunda. Ni siquiera Ucrania, tras la invasión de Rusia, ha tenido un colapso económico similar.
Que una nación en situación de paz haya caído en una ruina semejante es una excepción histórica y debería llamar a la reflexión sobre los riesgos de las dictaduras. Nicolás Maduro y sus secuaces gobernaron atropellando todas las barreras institucionales, legales y morales en su camino. Mataron, secuestraron, se enriquecieron y sumieron en la pobreza a una nación que había llegado a ser la más rica del continente. La pobreza pasó de afectar al 34% de la población en el 2013, cuando Maduro asumió el poder tras la muerte de Hugo Chávez, al 73% en el 2024, de acuerdo con el mismo informe del IPE. Es decir, hoy tres de cada cuatro personas en Venezuela son pobres. Y eso sin contar a los más de ocho millones de venezolanos que tuvieron que huir de su país. Colombia y el Perú fueron los principales países de acogida.
Tras la captura de Maduro, el camino político de salida de la dictadura aún es sumamente incierto. La cúpula que acompañó al dictador –hoy procesado en EE.UU.– sigue vigente y operativa en Venezuela. Habrá baches y retrocesos, pero la transición de poder no puede detenerse. La urgencia hoy es devolver al pueblo venezolano la oportunidad de elegir su propio destino, lejos de la pesadilla del “socialismo del siglo XXI” impuesta con puño de hierro por el chavismo. Tomó más de una década destruir la economía venezolana, y no será rápido reconstruirla.