(Archivo El Comercio / AFP)
(Archivo El Comercio / AFP)

El 28 de junio de 1919 se firmó el , que selló los acuerdos de paz que pusieron fin a la . El tratado fue el resultado de una conferencia de paz que se prolongó durante meses. Durante gran parte de la conferencia, un joven economista que luego alcanzaría fama mundial, , fue uno de los principales asesores del primer ministro británico, David Lloyd George. Pero unas semanas antes del final de la misma, frustrado y angustiado por las condiciones que se le estaban imponiendo a Alemania, Keynes renunció a su puesto, abandonó la conferencia y se encerró a escribir un amargo testimonio, publicado ese mismo año bajo el título de “Las consecuencias económicas de la paz”.

Además de la cesión de Alsacia y Lorena a Francia y de la Alta Silesia a Polonia, y además de la entrega de la flota mercante alemana, los aliados incorporaron en el tratado reparaciones económicas que incluían el envío gratuito de hasta 45 millones de toneladas de carbón al año, la confiscación de la propiedad privada de ciudadanos alemanes en los territorios cedidos y el pago de cientos de miles de millones de dólares (a precios de hoy) como compensación por los daños sufridos. Keynes pensaba que lo que se le exigía a iba mucho más allá de una compensación: era una venganza y una humillación. Advertía también que Alemania no podría pagar las reparaciones y que estaba comprando la paz a un precio muy alto.

Keynes responsabiliza a las tres figuras políticas principales de la conferencia: el presidente norteamericano Woodrow Wilson, a quien califica de hombre poco inteligente, que llegó con la autoridad moral que le daba ser el autor de los catorce puntos sobre los que giraba el armisticio que precedió a la conferencia, pero sucumbió al temor de ser percibido como muy blando con los alemanes; Lloyd George, a quien tenía en mejor estima intelectual, pero que, en su opinión, se había dejado llevar por la retórica antialemana en su campaña para la reelección de diciembre de 1918; y Georges Clemenceau, el primer ministro francés, que no creía que una paz duradera con Alemania fuera posible y cuyo objetivo personal era triturarla económicamente para postergar el día en que volviera a convertirse en una amenaza.

Es difícil decir hasta qué punto Keynes (y Clemenceau) tuvieron razón. Alemania indudablemente sintió el peso de las reparaciones. No podía balancear su presupuesto e incurrió en déficits fiscales masivos que desencadenaron una de las peores hiperinflaciones de la historia. El plan Dawes de 1924 reprogramó las obligaciones, pero le dio nada más que un respiro. En 1929 fueron nuevamente reprogramadas gracias al plan Young. Una “ley de la libertad” que repudiaba el pago de reparaciones había sido rechazada en un referéndum el año anterior, pero en 1933 Hitler la aprobó por decreto. Fue recién en 1980 que la entonces República Federal Alemana se hizo cargo de la deuda pendiente.

Y, sin embargo, ya en 1926 Alemania había vuelto a ser el principal productor de acero de Europa, lo que en esa época equivalía a ser la primera potencia industrial del continente. Sus exportaciones retomaron y superaron el nivel que habían alcanzado antes de la Primera Guerra Mundial. Y pocos años después estaba preparada para iniciar una guerra aun más vasta y sangrienta.