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Entender para curar, por Rolando Arellano

“Creemos que gritándoles asesinos a los terroristas o prohibiendo mencionarlos los anulamos”.

Rolando Arellano C. Presidente de Arellano Consultores y profesor de Centrum Católica

Perú

"El objetivo es usar la óptica de la ciencia moderna para buscar las raíces de esa locura y poder combatirlas". (Ilustración: Giovanni Tazza)

"El objetivo es usar la óptica de la ciencia moderna para buscar las raíces de esa locura y poder combatirlas". (Ilustración: Giovanni Tazza)

El reciente escándalo por las tablas de Sarhua del MALI, así como la indignación que se da cada vez que se libera a un senderista, indican que nuestra sociedad tiene un temor visceral al terrorismo, que creemos solo superará si empieza a entender realmente sus causas. Como sucedió con la medicina moderna, que solo pudo combatir las enfermedades cuando se preocupó científicamente por buscar sus orígenes. Veamos.

Hasta la edad media en Europa se creía que las epidemias eran causadas por espíritus malignos y se les combatía rezando y hasta expulsando a la persona “poseída”. Peor aun, los médicos de la época, que en realidad eran exorcistas, consideraban un sacrilegio que se estudie a los enfermos o se haga autopsias, pues “era acercarse al demonio e ir contra la voluntad divina”.

Todo cambió cuando, en lugar de solo asustarse y rezar, se buscó identificar de manera específica a los causantes de las epidemias para eliminarlos (roedores para el caso de la peste bubónica). Pero sobre todo se entendió que esa idea de “muerto el perro muerta la rabia” no evitaba los contagios, y se dio importancia a la higiene para evitar caldos de cultivo futuros.

Hoy cuando nos indignamos por terroristas liberados o exposiciones artísticas que muestran el terror, parece repetirse la situación de hace siglos. Al no haber entendido profundamente las razones que los motivaron, creemos que gritándoles asesinos o prohibiendo mencionarlos, los anulamos, olvidando que esos gritos, como los exorcismos de antes, no curan ni hacen disminuir la enfermedad. Ni que cuando los llamamos “fanáticos contaminados por dirigentes desquiciados” sin duda tenemos razón, pero que es solo una forma distinta de decir que “se les metió el demonio al cuerpo”. Al no conocer cuál fue el caldo de cultivo de la enfermedad que infectó a miles de nuestros jóvenes, no podemos combatirla.

¿Qué puede explicar que tantos peruanos estuvieran dispuestos a matar, y a morir, por unas ideas equivocadas? ¿Fueron las grandes diferencias sociales del momento? ¿La indiferencia de Lima ante las provincias? ¿Quizás la frustración de jóvenes con educación pero sin futuro? Si las preguntas nos indignan, probablemente nos esté pasando lo que les ocurría a los protomédicos de antes, cuando alguien preguntaba sobre la razón de las enfermedades.

En fin, quizá alguien vea en este pedido de comprender las razones profundas del terrorismo como una ingenuidad o como una agresión a quienes lo han sufrido. Lejos de eso, el objetivo es usar la óptica de la ciencia moderna para buscar las raíces de esa locura y poder combatirlas, pues es muy fácil que ella rebrote si solamente le aplicamos nuestro, explicable, desprecio e indignación.

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