El Centro Histórico de Lima no debe entenderse como un escenario inmóvil para el turismo, sino como un territorio vivo donde patrimonio y economía conviven. Como sitio inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial, su gestión implica conservar valores culturales y mantener funciones urbanas activas compatibles con la vida cotidiana. El plan maestro incorpora el enfoque de paisaje urbano histórico, orientado a proteger la forma urbana y, simultáneamente, permitir su evolución económica y social.
La estrategia más directa para lograrlo se encuentra en los zócalos, es decir, los primeros pisos de los edificios históricos. El reglamento del Centro Histórico permite el uso mixto, estableciendo comercio u oficinas en planta baja y vivienda en niveles superiores. Esta disposición convierte al zócalo activo en motor de vitalidad urbana: locales abiertos generan tránsito peatonal, empleo formal, seguridad por presencia constante y recursos para el mantenimiento del patrimonio. La Ley 31980 refuerza este enfoque al promover un “centro vivo” basado en economías locales y conservación sostenible.
Experiencias internacionales confirman esta dirección. La Habana vieja evidencia la eficacia de una gestión especializada del patrimonio; Barcelona impulsa programas para reactivar locales en planta baja; y el Casco Viejo de Panamá demuestra la necesidad de revitalización inclusiva sin desplazamiento social. Lima posee hoy el marco normativo y económico para seguir ese camino. Activar sus zócalos no solo recupera edificios: reactiva memoria, comercio y ciudadanía.
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