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Poco faltó para que el miércoles de esta semana fuese declarado feriado. Ese día, como se sabe, fue traído desde Paraguay el criminal Erick Moreno, alias “El Monstruo”, y su llegada al territorio nacional fue tratada por el gobierno como un acontecimiento de signo equívoco. Seamos claros: la captura del cabecilla de “Los Injertos del Cono Norte”, violenta banda dedicada a la extorsión y el secuestro, fue una buena noticia para los peruanos; y su reciente traslado a nuestro país para ser encerrado en la Base Naval del Callao, también. Pero la aparatosa actividad oficial desplegada en torno al arribo de ese delincuente no se justificaba y dejó, más bien, un sabor a malabar de distracción del “Chifagate” en el que está atrapado el presidente Jerí.

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa
Ilustración: Víctor Aguilar Rúa

Desde las alturas del poder, se montó, en efecto, una escena que hacía pensar que estaba llegando un campeón deportivo o un dignatario extranjero: palabras de los excelentísimos señores ministros de Justicia e Interior, parada militar, lugares preferenciales para la prensa, creación de suspenso antes del descenso de Moreno del avión… Si no pusieron banda de música y a los niños de Maranguita cantando una versión coral de “Que no quede huella” ha de haber sido porque un rapto de pudor los ganó a último momento. Por si quedaba algún margen de duda, sin embargo, las tomas en las que se nos mostraba al mandatario “supervisando” desde la sede del Ministerio del Interior lo que ocurría en la Dirección de la Policía Aérea terminaron de revelar la verdadera naturaleza del evento al que estábamos asistiendo. Aquello era una cortina de humo o, peor todavía, de confeti para tratar de apartar nuestra atención de esa adaptación criolla del film “Big Trouble in Little China” que viene protagonizando desde hace algunas semanas el jefe del Estado.

–Patadas voladoras–

¿Qué es lo que quería “supervisar” Jerí? ¿Que “El Monstruo” no se escapara? ¿No tenía acaso cosas más importantes que hacer? Pues, al parecer, no. Y si lo pensamos un instante, algo de razón lo asistía, pues su primera prioridad en estos días es permanecer en el poder y mientras la gente siga dándoles vueltas a sus sospechosos antojos nocturnos de ‘din sum’, eso está en riesgo. Hacer alarde de su determinación en la lucha contra el crimen fue, en consecuencia, los que sus estrategas seguramente le aconsejaron. Las patadas voladoras en los penales contra puertas que se abren en el otro sentido claramente lo indican. Dentro de esa lógica, lucir como un gobernante que, poseído por su espíritu juvenil, no pierde de vista a tan avezado criminal tiene que haberle parecido un recurso ‘mostro’.

Como resulta obvio, no obstante, el ardid no funcionó. La opinión pública miró de reojo el número diseñado por los precarios ‘spin doctors’ del presidente y siguió concentrada en las peripecias de su ópera china. Como habrá sido de burda la jugada, que hasta su principal sostén en el Congreso, Keiko Fujimori, lo ha reprendido advirtiéndole que “no puede ni debe distraer las investigaciones en su contra” con “una noticia que es muy positiva para nuestro país”. Si la ciudadanía no se dejó atarantar por la función de esa noche no fue porque faltaron los danzantes de tijeras o la exhibición de caballos de paso. Fue porque postularse como el paladín de la seguridad nacional en la misma semana en que se posterga por segunda vez la presentación del plan para conseguirla es de una necedad antológica. Y, sobre todo, porque ese presunto paladín continúa dando señas de que, cuando se duermen sus ojos chinitos, sueña con calabozos y dragones.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Mario Ghibellini es periodista

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