Resumen

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El 2022 fue el año en el que las mesas volvieron a estar llenas.
El 2022 fue el año en el que las mesas volvieron a estar llenas.
/ Mario Zapata

Hay una frase que describe muy bien el año gastronómico que acaba de terminar: “Un remolino de emociones”, nos la dice la periodista gastronómica Paola Miglio, y razón no le falta. En el 2020 nos confinamos y nos reconectamos en salud con la cocina casera; en el 2021 salimos poco a poco a reencontrarnos en los restaurantes y celebramos sus propuestas resilientes. Este 2022, con los comedores a tope, la consigna fue sentarse a la mesa y disfrutar. Un disfrute que ha tenido sus altibajos, sin duda. Porque arrancamos enero golpeados con el derrame de petróleo en Ventanilla, atentado que no solo puso en peligro nuestro rico ecosistema marino, sino que repercutió directamente en el trabajo de miles de pescadores artesanales que son el eslabón inicial de nuestra celebrada cocina marina. Y concluimos diciembre con una intentona golpista, como si no tuviéramos ya bastante crisis encima, inestabilidad que repercute incluso en la mesa gastronómica: en lo laboral, lo económico, la producción y proveeduría, incluso en la tranquilidad para ejecutar una cocina con amor.

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