Una carcajada puede surgir en cuestión de segundos, pero llegar hasta ella implica una compleja actividad mental. El cerebro debe interpretar lo que escucha, reconocer el sentido de una situación y, en muchos casos, anticipar lo que ocurrirá para luego encontrarse con un desenlace que rompe sus expectativas. Por eso, entender por qué algo provoca risa ha despertado durante años el interés de investigadores de distintas disciplinas. La psicología y las neurociencias han encontrado que no existe una fórmula única capaz de hacer reír a todas las personas por igual. Sin embargo, determinados recursos aparecen con frecuencia en los contenidos humorísticos que obtienen una mayor aceptación: una situación fácil de reconocer, cierto grado de sorpresa y un remate capaz de cambiar por completo la interpretación de lo ocurrido.
Uno de los intentos más llamativos por encontrar una broma capaz de trascender fronteras fue encabezado por el psicólogo británico Richard Wiseman. Su investigación reunió una enorme cantidad de chistes procedentes de diferentes lugares del mundo y permitió que millones de personas evaluaran cuáles les resultaban más divertidos.
La intención era encontrar una fórmula humorística que funcionara más allá de las diferencias de idioma, costumbres y referencias culturales. Después de analizar las respuestas, el estudio señaló que las bromas con una escena reconocible y un desenlace que nadie espera tenían mayores posibilidades de generar una reacción positiva entre públicos diversos.
Entre los relatos sometidos a evaluación, uno consiguió destacar sobre los demás. La historia comienza con dos hombres que se encuentran cazando en un bosque. De pronto, uno de ellos parece quedar inconsciente, lo que lleva a su acompañante a contactar con los servicios de emergencia en busca de ayuda.
La operadora le indica que debe comprobar primero si su compañero está realmente muerto. El hombre se aleja momentáneamente, se escucha un disparo y, poco después, regresa al teléfono para preguntar qué debe hacer a continuación. El giro inesperado es precisamente el elemento que sostiene el chiste y explica buena parte de su impacto.
La gracia, según la lógica analizada por los investigadores, está en la ruptura de las expectativas. El oyente cree estar ante una emergencia dramática y espera que el personaje siga las instrucciones recibidas de una manera determinada. Sin embargo, la respuesta del protagonista cambia completamente el escenario y convierte una situación aparentemente seria en un absurdo inesperado.
La reacción frente al humor tampoco ocurre en un único punto del cerebro. Diferentes áreas participan en la comprensión del lenguaje, el reconocimiento de emociones, la interpretación de situaciones y la respuesta frente a aquello que consideramos divertido. Cuando finalmente aparece la risa, también intervienen sustancias relacionadas con las sensaciones placenteras y el bienestar, entre ellas la dopamina y las endorfinas.
Compartir una broma o una carcajada también puede tener un efecto importante en la interacción social. El humor facilita la conexión entre las personas, puede contribuir a aliviar momentos de tensión y favorece una comunicación más cercana. Algunos estudios incluso lo relacionan con una menor percepción de ansiedad y con mejores vínculos afectivos.
Eso sí, existe una diferencia entre reconocer los beneficios emocionales de la risa y atribuirle propiedades médicas que todavía no han sido demostradas. Los especialistas advierten que no hay evidencia definitiva para afirmar que reír, por sí solo, prolongue la vida. Lo que sí parece claro es que reservar un espacio para la diversión, compartir momentos agradables y encontrar motivos para sonreír puede convertirse en un recurso sencillo para cuidar el bienestar cotidiano.