Resumen

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La emergencia es continental y ese aspecto global de alguna manera sintoniza con esta frase de Hitchcock: “No importa a dónde vaya la película: si está correctamente diseñada, el público japonés debería gritar al mismo tiempo que el público indio”. (Foto: Getty Images)
La emergencia es continental y ese aspecto global de alguna manera sintoniza con esta frase de Hitchcock: “No importa a dónde vaya la película: si está correctamente diseñada, el público japonés debería gritar al mismo tiempo que el público indio”. (Foto: Getty Images)
Por Renato Cisneros

Una madrugada de hace dos semanas, desvelado, buscando una película que me distrajera del tedio de la cuarentena, regresé a Hitchcock. Elegí Los pájaros, una de mis favoritas. Sin embargo, a medida que avanzaba la historia y me perdía una vez más en la bahía californiana junto a Tippi Hedren y Rod Taylor, mi agobio por el confinamiento, en lugar de difuminarse, se incrementaba. Lo que sucedía dentro de la pantalla –o dentro de los personajes– comenzó a parecerse demasiado a lo que ocurría de este lado. Durante las siguientes madrugadas, mientras los vecinos dormían o intentaban dormir, repasé otras películas del genio británico y reafirmé la impresión de estar delante de un espejo. La asfixia, la claustrofobia, la tensión, todas las secuelas anímicas y psicológicas que nos ha traído esta pandemia figuran en esas ficciones concebidas por un hombre muerto hace cuarenta años, pero que extrañamente, al igual que los difuntos de sus cintas, sigue interviniendo en el presente.