Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)
Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Julieta ha pedido ver El mago de Oz por tercera vez en lo que va del día. Es una de sus principales distracciones durante este encierro obligado. Hace exactamente 30 días que no pisa la calle. Al menos Natalia y yo tenemos excusas para salir: ella por trabajo, yo para hacer compras y sacar la basura. A Julieta, en cambio, las actividades –la guardería, el parque, los paseos– le fueron canceladas de golpe y desde entonces vive confinada. Si no fuera por nuestro mínimo balcón adonde sale a respirar, aplaudir y ver cómo la primavera resucita a los árboles, no tendría contacto alguno con el mundo exterior.

Desde que vio la película está obsesionada con los personajes de Oz. Ahora sus muñecos, independientemente de su aspecto, han sido rebautizados como Espantapájaros, León, Hombre de Lata y Totó. Ella misma se hace llamar Dorothy y pregunta por la hora de llegada del tornado que arrancará nuestro edificio del suelo para depositarlo cerca de Ciudad Esmeralda. Pero quien ejerce mayor fascinación sobre ella es la Bruja Mala del Oeste, con su cutis verdoso, su sombrero negro y su carcajada maquiavélica. Le asusta, pero no puede dejar de verla. La mira, se tapa, vuelve a mirar. Ha descubierto que el miedo y la curiosidad pueden convivir.

Días antes de que declararan el estado de alerta fuimos a un teatro de Gran Vía a ver al grupo musical favorito de Julieta, los Pica-Pica, tres adultos que actúan como niños. La experiencia la deslumbró. Desde entonces asume que todos los humanos que aparecen en el televisor tienen, en paralelo, un espectáculo teatral apto para todos. Por eso me ha suplicado ir al “show de El mago de Oz” cuando pase el “conoravirus” [sic]. Quiere ver, en vivo, en persona, a Judy Garland y sus amigos. No he tenido corazón para decirle la verdad: que todos los actores de la película están muertos, y que la muchacha que allí aparece cantando el tema del arcoíris se convirtió en una mujer muy desdichada que antes de llegar a los 50 años, con una sobredosis de barbitúricos, puso fin a una vida marcada por la explotación laboral, las adicciones, la soledad y los matrimonios fallidos. Es difícil hablar de la muerte con un niño. Más aún en medio de una pandemia letal. Más aún en el centro de una ciudad transformada por la muerte. El gigantesco centro de convenciones de Madrid, Ifema, hoy es un hospital para cinco mil enfermos de COVID-19. La pista de patinaje más grande del país, El Palacio de Hielo, quedó convertida en morgue para albergar 440 ataúdes y mantener refrigerados igual número de cadáveres. Los departamentos son muchas veces las tumbas de los ancianos que viven sin compañía ni asistencia médica. Un sanitario ha graficado así la cantidad de fallecidos por jornada: “Es como si se cayera un avión todos los días”.

Hace unos minutos pusimos la cuarta repetición del clásico de Victor Fleming. De tanto verlo ya hasta me parece encontrar metáforas y mensajes ocultos en determinadas escenas. Desde su estreno en 1939, han surgido osadas interpretaciones económicas, políticas y hasta teosóficas respecto del verdadero significado de El mago de Oz. Hay quienes sostienen que el libro de cuentos original, del norteamericano Lyman Frank Baum, es un manifiesto ateo que utiliza la figura del mago farsante para caricaturizar al dios cristiano como una entidad prepotente y fallida.

Prefiero tomar la obra como una alegoría de estos tiempos de pandemia: la familia de la historia debe encerrarse ante el advenimiento de un fenómeno externo (el huracán) y la única que desobedece las reglas acaba en cama. Todo lo extraordinario sucede, en realidad, en la cabeza de la joven, quien no tiene que abandonar físicamente su dormitorio para imaginarse las aventuras que vive en la tierra encantada. Así, la película es una gentil invitación a permanecer junto a la gente que más quieres. ¿No recuerdan acaso las palabras mágicas que Glinda, la bruja buena del sur, murmura a Dorothy para retornar a la normalidad en Kansas? Hoy suenan a mandamiento inviolable. A Julieta le encanta repetirlas: “Oh, tía Ema, se está mejor en casa que en ningún sitio”. //

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