"Decir más veces que no. No quiero. No, gracias. No puedo. No me interesa. No sé". Lee la columna de Renato Cisneros.
"Decir más veces que no. No quiero. No, gracias. No puedo. No me interesa. No sé". Lee la columna de Renato Cisneros.
Renato Cisneros

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Evocar el fatídico 2020 cada vez que sea necesario, y pensar en todo lo que se destruyó, todo lo que cambió para siempre antes de quejarme o renegar por las cojudas trivialidades que suelen amargarnos una jornada cualquiera.

Pasar más tiempo en el mundo concreto y menos en las redes sociales. Entrar más al cine que a Twitter, visitar más exposiciones que perfiles de Instagram, estar más atento a lo que se dice en los muros de la ciudad que en los de Facebook. Mantener mi virginidad en TikTok.

No obstante lo anterior, hacer más Zooms con mi madre.

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Dictar un taller sobre escritura creativa sin énfasis en la escritura ni en la creación. La metodología consistirá, primero, en hacer dudar a los participantes de la necesidad de contar una historia; y segundo, persuadirlos de invertir su dinero en talleres sobre asuntos más utilitarios, algo como repostería, artes marciales o primeros auxilios.

Festejar dentro de diez días mis 45 años con la prudencia que los tiempos demandan. Igual prometo circular generosas botellas de vino entre la asistencia, sin importar que esta sea minoritaria y solo la integremos mi esposa, mi hija y yo.

Correr tres veces por semana en lugar de cinco, con el fin de evitar la sobrecarga muscular y espantar al fantasma de la periostitis tibial que me hostigó los últimos meses del 2020. Y complementar esos afanes de corredor primerizo con mis nostalgias de nadador, por ver si retomo aquellas fructíferas sesiones donde el cuerpo, de tanto ir y venir de un extremo a otro de la piscina, alcanzaba tal autonomía de movimientos que, al cabo de treinta minutos, mi mente conseguía extraviarse en imágenes fecundas que parecían aflorar solo bajo el agua.

Leer con voracidad. Dudar de las recomendaciones de los expertos acerca de lo supuestamente imperdible. Privilegiar los clásicos para cubrir los inmensos vacíos de mi autodidactismo literario. Regresar a James Baldwin y Rachel Cusck, los autores que más me conmovieron el año que pasó. Y leer más poesía, que tanta falta hace.

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Tomar por las astas la novela que escribo a trancas y barrancas. Dedicarme a ella por entero ahora que por fin sé de qué se trata. Una novela sobre irse del propio país, sobre el desarraigo, sobre la extranjería, sobre lo que nos une (o ata) al suelo donde nacimos, sobre las razones que nos llevan a marcharnos, sobre las razones que nos instan a volver, sobre la renuncia, la pertenencia, sobre qué demonios son y dónde están eso que llamamos “las raíces”.

Celebrar el bicentenario nacional por todo lo bajo, es decir, huir del aspaviento patriotero y abocarme con discreción a la única incontestable pregunta que merece la pena hacerse a doscientos años de inauguración de la república: ¿por qué somos esto que somos y cuánto hemos contribuido para que así sea desde nuestra ínfima existencia?

Deshojar sin expectativa alguna los planes de gobierno de los postulantes a la presidencia, con la penosa certeza de que en muchos de ellos el Perú solo es un territorio pobre cuya fealdad hay que disimular con una mano de pintura.

Vacunarme contra el COVID-19 y contra todo lo que hiciera falta, sabiendo que hay enfermedades mortales a las que la élite científica y la comunidad farmacéutica no tienen cómo hacer frente: la fiebre electoral, por ejemplo, cuyos síntomas están próximos a manifestarse en todo su asqueroso esplendor.

Reemplazar la laptop en que escribo esta columna, cuyo ciclo vital parece haberse cumplido después de una década. Lleva meses con varias teclas del tablero malogradas, lo que me impide usar a mis anchas el número 4, las “comillas” y el asterisco (*). Es como cuando te lastimas el dedo pulgar: parece una idiotez hasta que tienes que utilizarlo.

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Decir más veces que no. No quiero. No, gracias. No puedo. No me interesa. No soy el indicado. No tengo. No estoy. No sé.

Aplicarme en el aprendizaje de las coreografías de las canciones de PicaPica, el grupo favorito de Julieta, en especial en la del “Baile de la Fruta”, que al momento del estribillo exige cierta coordinación para que las gesticulaciones alusivas al melocotón, la piña o la manzana se distingan claramente unas de otras.

Por lo demás, abolir toda solemnidad, estar a la altura del pacto que implica seguir vivo, festejar a los amigos y no desear otra suerte, otra cara, otra voz ni otro destino. //

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