Quienes emplean el término olvidan –en el supuesto benévolo de que lo sepan– de dónde procede el verbo transitivo “azuzar”. Permítanme una ayuda memoria. En su Etimologías españolas, el filólogo Ramón Menéndez Pidal explica que la voz “azuzar” está principalmente formada por la expresión “sus”, utilizada siglos atrás para animar a los perros. No es casual, por eso, que la principal acepción consignada por la Real Academia de la Lengua para “azuzar” sea “incitar a los perros para que embistan”.
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Quienes tanto la mencionan buscan, de manera consciente o no, infantilizar o subestimar a los que participaron libremente del ejercicio de protesta en las calles. Al decir que miles de jóvenes fueron “azuzados” componen un falso relato de lo sucedido, pues dan por hecho que individuos de veintidós, veinticinco o veintiocho años no son capaces por sí mismos de salir a defender sus ideas y principios, sino que necesitan a alguien que los espolee, que les diga qué hacer, por dónde ir, qué lemas proclamar (no es fortuito que quienes perpetran el discurso del ‘azuzamiento’ se refieran ocasionalmente a los manifestantes como “borregos”).
Del mismo modo, llamar “azuzador” a un político, un periodista o un artista es asignarle una ascendencia y credibilidad en niveles que hoy nadie ostenta; al menos no en el Perú. Francamente caen en la parodia involuntaria quienes acusan a Julio Guzmán de ser el “gran azuzador de las marchas”. ¿En serio? ¿Cómo es posible que un sujeto que hasta hace solo unos meses era el principal protagonista de los más despiadados (y divertidos) memes políticos haya conseguido, de la nada, en una sola noche, convocar a tres millones de peruanos de las principales regiones del país?¿En qué momento adquirió ese poder, ese don de mando? ¿Cómo así el escapista de incendios pasó a convertirse ni más ni menos que en el rebelde enmascarado de V de Vendetta?
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Ya lo hemos dicho antes: una prueba del carácter genuino de estas marchas es que fueron acéfalas. A diferencia de las marchas de fines de los noventa contra la dictadura de Fujimori, que sí tuvieron dirigentes estudiantiles, gremiales y sindicalistas reconocibles en la primera línea; o de la marcha de los Cuatro Suyos, también contra Fujimori, cuya génesis fue de índole política, las movilizaciones del 2020 han carecido de líderes. Fueron espontáneas, nacieron del descontento, de la rabia de ver al Congreso, primero, y al fugaz gobierno de Merino después, perpetrando un asalto, y pasaron de inmediato de las redes a la acción, sin mayor orquestación política ni financiamiento salido de cajas chicas. Pero, claro, eso es imposible de concebir para mentes ruinosas cuya estrategia narrativa consiste en decir que todo fue producto de la manipulación, del complot, del sabotaje. Dime de qué sospechas y te diré cómo procedes.
Tan huérfanos de guías estuvieron los manifestantes de noviembre que, más de un mes más tarde, aquella multitudinaria indignación parece haberse diluido por completo o convertido en algo impreciso. Hagamos el ejercicio crítico de preguntarnos cuál es el horizonte político de la Generación del Bicentenario, pero no ignoremos su aparición, no caricaturicemos su apuesta, no deslegitimemos su impulso cívico diciendo que fueron “azuzados”.
Cuando las palabras se usan con tanta arbitrariedad, solo para meter cizaña, confunden, generan oscuridad. Huyamos de la oscuridad. Es ahí donde podemos extraviar sin darnos cuenta lo que tanto nos ha costado defender. //
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Esta es una generación que se reivindica.