Es domingo 21 de junio de 1987 y Alan García recorre durante varias horas las calles de Lurigancho. No es un domingo cualquiera: se celebra el Día del Padre. De pronto, desmarcándose de lo previsto en su agenda, García decide visitar San Pedro, el penal del distrito. El acto es riesgoso, incluso temerario: solo un año antes se ha producido la Matanza de los Penales, aquel sangriento capítulo que acabó con la vida de casi trescientos reclusos de tres cárceles distintas (solo en la de Lurigancho fueron asesinados 124 internos).