A un año de la partida de Carlos ‘Kukín’ Flores: el chimpún que perdió el Callao
Se cumple un año del fallecimiento del ‘10’ más querido en el puerto chalaco. ‘Kukín’ Flores no le regaló títulos a la hinchada, pero sí momentos imborrables.
“Quiero salir de espaldas en la foto, mirando el río. Quiero proyectar la paz que estoy sintiendo”, nos dice Carlos ‘Kukín’ Flores en una de las últimas producciones fotográficas que le hicimos para este Diario en el 2010. El ‘10’ chalaco intentaba salvar del descenso al CNI en una de sus últimas campañas como futbolista profesional. Quería retratarse cerca al río Itaya de Iquitos. Nos decía que siempre prefería estar cerca a una orilla cerca al mar. De esta manera, ‘Kukín’ resumía una de las primeras paradojas de su carrera. Nació en el Callao, pero, a pesar que siempre lo quiso, nunca pudo llegar a un buen puerto.
A un año de su partida, es inevitable reconocer que la zurda de Flores también escribía versos. Pero su poesía era maldita. Una triste balada de un hombre talentoso que vivía sentenciándose todos los días. ‘Kukín’ Flores no era una persona cualquiera, era un ángel caído pegado a una pelota de cuero.
‘Kukín’ fue una especie que terminó por extinguirse, un ‘10’ clásico, más ochentero que del nuevo milenio. Con más pausa que intensidad, aunque siempre entregado a las buenas ideas para decidir en el campo. Y todo eso acompañado de la precisión de un pie izquierdo subliminal. Su carrera fue más una aparición vistosa que una trayectoria sostenida.
—Flores para Medellín—
Tenía 17 años cuando el Perú comenzó a hablar de él. Los primeros comentarios llegaban desde una actuación sobresaliente en un torneo de menores en Suecia con el Cantolao. Aún sin sacar su libreta electoral de tres cuerpos (el DNI de hoy), viajó con el Sport Boys a Medellín para enfrentar al Atlético Nacional, que tenía en su once a mundialistas de Italia 90.
Ese partido copero, en el Atanasio Girardot, fue el trofeo invisible que guardó Flores para siempre en la vitrina de sus pensamientos. Un error de René Higuita en salida (como en el Mundial con el camerunés Milla), permitió que le centraran el balón a ‘Kukín’. Con 17 años, Carlos Flores obtuvo la mayoría de edad con una camiseta rosada y las medias caídas de un crack que se estacionó como eterna promesa.
En esa entrevista del 2010, Flores reconoció que estuvo en un tratamiento para abandonar las drogas. Su sinceridad fue otra de sus banderas, nunca escondió el margen de error con el que siempre convivió su carrera deportiva.
De todos modos, el fútbol le alcanzó para ser un trotamundos que pasó por Arabia Saudí (en el Al-Hilal, donde hoy está André Carrillo), Grecia (en el Aris Salónica que hace poco le entregó una camiseta a su hija), Colombia, Argentina y Brasil. Pudo darse el lujo de arrancar aplausos en Alianza y Universitario. Estuvo en muchos sitios, pero siempre volvió al mismo lugar. Su romance eterno fue con Sport Boys. El amor verdadero fue entregarse a una vida en rosa.
Las gambetas y ocurrencias fueron suficientes para alegrar al pueblo porteño, para driblear pruebas antidoping, pero no le alcanzaron para sacar las credenciales de un jugador de selección. Solo tuvo flashes de calidad ante el Holanda de Francia 98, con Juan Carlos Oblitas como técnico.
Cuando se había ganado la confianza de Francisco ‘Pacho’ Maturana en el 2000, una pelea callejera lo lesionó antes de un partido ante Uruguay en Montevideo. No lo volvieron a llamar.
Sobrevivió a una caída desde un cuarto piso, pero no pudo resistir al infarto del 17 de febrero del 2019. Sus restos dieron una vuelta olímpica por las calles chalacas. A pesar del cariño que se ganó en el Callao, es difícil negar que su historia fue también un canto triste, de lo que algún día y nunca más será.”Nunca fui un buen ejemplo para los niños”, dijo ‘Kukín’ en una de sus últimas apariciones televisivas. Carlos Flores tuvo las condiciones para ser un futbolista de élite. Ese paraíso que pudo llenarse de Flores y rosas, encontró muchas espinas en el camino.