Klopp llegó en el 2015 al Liverpool, tras una exitosa carrera en Dortmund (Foto: AP)
Klopp llegó en el 2015 al Liverpool, tras una exitosa carrera en Dortmund (Foto: AP)

“Las ligas no importan”. Que se lo cuenten a los fans del Liverpool... Los liverpoolianos de cuarenta para abajo bebieron mares y lloraron ríos el jueves por la noche. Llanto de emoción. ¡Qué pandemia ni contagio! Una vida esperando gritar campeón; por fin se les dio: ¡los Reds son de nuevo los reyes de Inglaterra! Treinta años después de su última liga. Luego de ser los dominadores casi dictatoriales del fútbol inglés (y europeo), se les juntaron las vacas flacas, las brujas enterraron sapos en el césped de Anfield, las lechuzas anidaron en el vestuario. Y quedó entre tinieblas. Conste que en ese lapso el Liverpool fue dos veces campeón de Europa, lo cual es muy festejable, naturalmente, pero el hincha quiere el trono local, para mirar a los vecinos desde la torre del orgullo.

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Treinta años de sequía, hasta que un día apareció el Rey Sol, Jürgen Klopp. Nunca pensaron estos ingleses que amarían tanto a un alemán. Klopp es la confirmación absoluta de que, hoy, todo proyecto futbolístico con aspiración de éxito pasa primero por el entrenador, luego por los jugadores. Hace cincuenta o sesenta años, cuando el técnico era un personaje paternal o caudillesco, o un sujeto con buen verbo, los futbolistas estaban por delante y el DT podía triunfar si contaba con un plantel virtuoso. Hoy el fútbol es más sofisticado, infinitamente más tecnicista y complejo, los futbolistas son los dueños del vestuario, el exitismo roza el límite de la intolerancia y la competencia es feroz por lo equilibrada. Se necesita un conductor inteligente, estudioso, sagaz tácticamente, trabajador, persuasivo, con liderazgo y manejo de grupo. Por eso un entrenador clase A cobra ahora entre 20 y 25 millones de euros al año. Y cuando aparece uno, se lo pelean los clubes de élite.

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Este título no es de los jugadores, como suele decirse con demagogia. Es todo de él, del gran artesano de Stuttgart, ya ciudadano ilustre de Liverpool. Nunca en la patria de Bobby Charlton un campeón se coronó 7 fechas antes del final, récord en los 132 años del torneo. Y con 23 puntos de ventaja sobre el segundo, nada menos que el Manchester City de Guardiola. Es un registro fabuloso; tal vez pase un siglo para que se repita. O quizás nunca. Tan bueno que le quitó emoción a una liga que se caracteriza por lo emocionante hasta bajarse el telón.

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Intenso, dinámico, ofensivo, potente, agresivo, duro, mentalizado, eficaz, práctico, todos estos adjetivos le calzan perfecto. Si fuera boxeo diríamos que el Liverpool es un noqueador, pero antes un demoledor. Busca, busca y golpea. Ataca con vocación, defiende con fervor. El carácter de un equipo lo transmite el capataz. Y detrás de la sonrisa permanente de Klopp hay un comandante firme, convencido de su plan. Se ha ganado definitivamente el olimpo del fútbol internacional por capacidad, sin regalos mediáticos ni campañas marketineras. Le ha arrebatado a Pep Guardiola, al menos temporalmente, el cetro de mejor estratega del mundo. Sus equipos pueden ser ligeramente menos vistosos que los del catalán, igual de confiables y sólidos, de contundentes. Tienen un punto en común: la movilidad. Mueven la bola hasta generar espacios y ahí aparecen las individualidades para desequilibrar con talento.

El 8 de octubre de 2015 no quedará como un día más en la historia del Liverpool. Ese día firmó contrato Klopp. Recibió una herencia poco agradable: un conjunto caído, que vegetaba rondando la mitad de la tabla y con la enormidad de 44 profesionales. Empezó por los cimientos: aligerar el plantel, depurarlo, enriquecerlo. Mientras lo hacía, llegó a la final de la Europa League, que perdió ante el Sevilla. Pero ya comenzaba a ser competitivo.

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Le llevó casi tres temporadas reformular el batallón. De esos 44 efectivos que recibió entonces, sólo quedan 8: Firmino, Henderson, Lovren, Milner, Joe Gómez, Origi, Lallana y Clyne, aunque sólo los dos primeros son titulares fijos. Los Salah, Mané, Alisson, Van Dijk, Robertson, Fabinho, Keita, Wijnaldum, Shaqiri, Matip los fue agregando Klopp. Un armado artesanal que, digámoslo, demandó alta billetera también: 410 millones de euros en total. Pero no se equivocó casi nada Jürgen, apenas con el arquero Karius (le costó una Champions, eso sí).

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Klopp fue elaborando sabiamente su ejército. Necesitaba un zaguero, llevó a Van Dijk (Balón de Plata); le urgía un arquero, hizo contratar a Alisson (premio Yashin); quería mejorar el lateral izquierdo, solicitó a Andrew Robertson, un guardia pretoriano. En la otra banda promovió a Alexander-Trent, ya convertido en crack y pilar de la Selección Inglesa. Con ellos cuatro el conjunto aumentó notablemente su seguridad defensiva, podría decirse en un doscientos por ciento. Se les fue a la brava Coutinho y recomendó guardar los alocados 160 millones de euros que pagó el Barcelona. Si pidiera a Mbappé se lo concederían, Liverpool es un club rico; no obstante, no es el estilo de Jürgen, prefiere ir cambiando piezas con cuidado y moderación. Le gusta moldear estrellas. Ahora tiene la dotación armada, sólo hace retoques. Sí le van a traer un volante con fines creativos (se van Shaquiri y Lallana) y ya está casi toda la tropa renovada hasta 2023 y, en algunos casos, hasta 2024.

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El del Liverpool es un proyecto íntegramente deportivo, sano, el objetivo es más gloria. La ecuación es simple: + triunfos = mayores ingresos, un círculo virtuoso. Se nota desde fuera que el marketing no está por sobre los intereses futbolísticos ni las transferencias huelen raro. ¿Hay que potenciar el ataque?, se analiza bien el mercado; ¿falta un lateral?, se busca con lupa. No hay contrataciones extrañas ni infladas de 160 millones, es la parte buena de los clubes de capital privado: tienen un dueño, y éste cuida sus intereses, no hay vaciamientos, como suele suceder en las sociedades civiles.

Klopp es la confirmación de que saber comprar es la regla número uno del éxito en fútbol. Todo lo demás viene detrás. No exige fichajes supergalácticos, tampoco permite que los dirigentes le traigan bultos que él no pidió. Reforzó, promovió y dirigió con excepcional sabiduría. Y nunca se impacientó, persistió: fue subcampeón de Europa en una polémica final con el Real Madrid (siempre hay polémica por ahí…) y al año siguiente coronó. En la Premier anterior fue segundo a un punto del City habiendo sumado increíbles 97 unidades. Ahora vio la bandera a cuadros.

Este Liverpool es una cumbre futbolística. Y es toda del señor Klopp.

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