
El nuevo gobierno no ha sido tacaño en sus metas económicas. El titular del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), Elmer Cuba, mencionó la semana pasada que –hacia los últimos años de su gestión– espera lograr un 6% de crecimiento del PBI (para este año se espera 3,4%), 15% de tasa de pobreza (la del año pasado fue 25,7%), y 50% de informalidad (de cerca de 70% hoy según data oficial del INEI).
El nuevo gobierno no ha sido tacaño en sus metas económicas. El titular del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), Elmer Cuba, mencionó la semana pasada que –hacia los últimos años de su gestión– espera lograr un 6% de crecimiento del PBI (para este año se espera 3,4%), 15% de tasa de pobreza (la del año pasado fue 25,7%), y 50% de informalidad (de cerca de 70% hoy según data oficial del INEI).
Los números son ambiciosos, pero no imposibles. Sin los efectos del fenómeno de El Niño (FEN), este año el PBI podría haber crecido 4,5%. Más importante aún, hay motivos sólidos para pensar que lo que viene podría ser mejor. En primer lugar, las expectativas empresariales –medidas por última vez por el BCR hace tres semanas– están en general cerca de su máximo histórico. En segundo lugar, es muy probable que los precios de los minerales que exportamos permanezcan altos al menos por un puñado de años más. Y, en tercer lugar, la inversión privada, que es el puntapié inicial del ciclo inversión-empleo-consumo-inversión, habría crecido ya 15% en la primera mitad del año. Como referencia, su promedio de crecimiento en la década del 2015 al 2025 fue apenas 2,4%. Con una inversión privada vigorosa, las cifras de PBI, pobreza y empleo por las que apuesta el gobierno son muy ambiciosas pero alcanzables.
Respecto del último punto –llegar al 50% de empleo formal–, conviene quizá hacer algunos matices y una proyección más detallada de qué se requiere para llegar ahí. Lo primero es notar que –dada la evidencia internacional que relaciona un mayor PBI per cápita en cualquier país con mayor formalidad laboral– un observador externo que solo conoce la riqueza promedio por habitante del Perú especularía que la tasa de formalidad laboral que nos corresponde es cercana a 50%. Y estaría equivocado. Es decir, comparado con países similares, el Perú es muy informal para su nivel de riqueza. Eso debería hacer más rápida su corrección.
Luego viene la pregunta: ¿y qué tan informal exactamente es el Perú? Ahí conviene otra precisión. Es un error común decir que la economía peruana es mayoritariamente informal. En realidad, cerca de cuatro quintas partes de la producción nacional es formal. Lo que es muy informal no es el PBI sino el empleo. Y si la minoría formal produce la gran mayoría del PBI, eso también es un testamento de que sus niveles de productividad promedio son bastante mayores que los niveles de productividad del informal promedio. No es muy exagerado decir que elevar considerablemente esos niveles de productividad del informal promedio es el santo grial de la economía nacional.
Una siguiente precisión tiene que ver con la medición de esta informalidad laboral. Decíamos que el estimado oficial, basado en las encuestas del INEI, es que la informalidad laboral alcanza a 7 de cada 10 trabajadores. Pero ese número probablemente está algo inflado. No es muy difícil inferir por qué usando solo información administrativa. En el Perú trabajan poco más de 18 millones de personas. De esas, 6,3 millones tienen un puesto de trabajo formal dependiente en planilla (70% en el sector privado y el resto en el sector público), según data de la Sunat. A ellos habría que sumarle los independientes formales y los empresarios formales de todo tamaño que no están en planilla. Con ello, cálculos conservadores sugieren una informalidad laboral de entre 60% y 63%: hasta 10 puntos más baja que el estimado oficial.
Finalmente, importa mucho la trayectoria. El año pasado, la creación de empleo privado formal en planilla fue de 253.000 puestos de trabajo. El número fue incluso más alto que el crecimiento de la población económicamente activa, que ascendió a cerca de 220.000 personas, la gran mayoría jóvenes que recién intentan incorporarse al mercado laboral. Simplificando, por cada persona que entró a buscar trabajo el año pasado hubo al menos un nuevo puesto laboral formal disponible en una empresa. Esto es un resultado notable propio de una economía con saludable expansión.
¿Qué pasa si se mantiene ese buen ritmo? Bajo supuestos razonables, la tasa de informalidad en el trabajo bajaría aproximadamente un punto porcentual por año. Es decir, en el mejor de los casos, partiendo del 60% anterior, hacia el 2031 estaríamos en 55% de informalidad laboral, o cinco puntos porcentuales por encima del objetivo del gobierno. Y eso es tomando el punto inferior de un rango no oficial. Si se parte del 70% oficial, la cosa se complica mucho más.
Esto implica que, si bien la economía viene creciendo a tasas buenas por donde se le mire, para acercarnos a la meta del gobierno deberíamos estar creando el doble o más de puestos de trabajo formales por año de lo que se consiguió en el 2025. Con medio millón de puestos de trabajo formales adicionales por año, incluyendo a independientes y empresarios, la meta es alcanzable.
¿Qué sectores tienen el potencial de mover la aguja aquí? Un candidato evidente es la agroexportación, que en el período enero-mayo del 2025-2026 creó casi 60.000 nuevos puestos de trabajo en planilla. La cuarta parte de todas las ganancias en empleo formal de este año está ahí. Pasada la emergencia del FEN, en zonas como el valle de Ica y de Virú, la producción y el empleo agroexportador podrían crecer rápidamente con mejoras simples como el acceso a vivienda adecuada en zonas cercanas a los campos. Si se le agrega nueva superficie agrícola a partir de los proyectos de irrigación hoy parados, el potencial se multiplica a partir del 2029.
Construcción es otro sector intensivo en mano de obra que puede aportar considerablemente al trabajo formal. Ha sido el sector con el mayor crecimiento en PBI este año (11,4% a mayo), y en los siguientes años la necesidad de obras de infraestructura pública, nuevos negocios y más vivienda adecuada podrían gatillar tasas muy buenas. Otros dos espacios con potencial para aportar mucho más también en la meta de empleo formal son los servicios a empresas y la educación privada. En general, liberar barreras a la contratación que rigidizan y encarecen el empleo formal es una prioridad para todos los sectores, lo mismo que darle más predictibilidad a la Sunafil. La inversión privada fuerte hace el resto.
Nadie sabe si realmente se alcanzarán al 2031 los objetivos que planteó el MEF, pero siempre es bueno contar con un norte claro y medible. Ahora toca aterrizar de la meta a la estrategia: identificar dónde podemos lograr un impacto considerable y qué pasos se deben dar en ese camino. La economía del Perú va bien, pero caer en esa complacencia nos costará una oportunidad de oro para pisar más el acelerador mientras se puede. Dos millones y medio de nuevos puestos de trabajo adecuados en cinco años no se crean sin remangarse la camisa.




