Søren Kierkegaard es considerado el padre del existencialismo. (Foto: Getty Images)
Søren Kierkegaard es considerado el padre del existencialismo. (Foto: Getty Images)
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El amante infeliz
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El amante infeliz

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A Søren Kierkegaard debemos gran parte de nuestra soledad contemporánea. Gran parte de nuestra individualidad y de nuestra vilipendiada libertad interior (aquí se fragmentaron las frases originales ). Gran parte de nuestro cotidiano y siempre aciago conflicto entre sociedad e individuo. A él le debemos, sobre todo, el sabernos copartícipes de una lucha general por la salvación del alma humana.

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“El amante infeliz del cristianismo”, como él mismo se llamaba , había descubierto, tras un largo calvario y un exhaustivo examen de su conciencia y de su fe, que la grandeza del cristianismo consistía, sobre todo, en su capacidad para enajenar la natural coherencia de las fuerzas morales, transformándolas en vehículos de la desventura humana: el pecado era su forma negativa, la penitencia la positiva. ¿La felicidad cristiana consistía, por lo tanto, en creer en el pecado y en su penitencia, que son la negación de la felicidad y de la paz interior? ¿Cómo identificar la gracia divina con tan mísera condición, cómo entregar el porvenir del hombre a esta insostenible aspiración cuya única luz es al mismo tiempo una condena, una atroz llamarada? Kierkegaard, hasta el fin de su vida, se ensañó en el conocimiento cada vez más profundo del cristianismo, en un conocimiento tan perfecto que le revelara finalmente la eficiencia humana y lo saludable de su fe. Se ensañó con el protestantismo con la forma como los pastores entendían su misión en las desoladas extensiones escandinavas. En “Escuela de cristianismo” , el terrible solitario desencadena un ataque contra la iglesia de su país y se erige casi convulsivamente en el defensor de un Dios y de una fe que su conciencia aún no había logrado esclarecer definitivamente. No lo lograría nunca, pues el año siguiente, el 11 de noviembre de 1855 , Kierkegaard nos dejaba, tal vez para siempre, sumidos en la oscuridad de nuestra fe religiosa o en la de nuestro no menos oscuro desamparo sobrenatural.

Jorge Eduardo Eielson. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Jorge Eduardo Eielson. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

Su empecinamiento de que toda verdadera convicción religiosa se apoya en el individuo y en sus consiguientes acciones, hicieron de Kierkegaard un enemigo de la cristiandad oficial. Su comprensión de los fundamentos de Cristo no era para el maestro danés la conquista de una verdad generalmente admitida, sino celosamente excluida de los dogmas y de las leyes parroquiales, resonante tan solo en el fondo de su alma individual. “Lo que en realidad me falta —escribe humildemente— es tener clara conciencia de lo que he de hacer, no de lo que he de conocer, excepto en cuanto una cierta inteligencia ha de preceder toda acción. La cuestión es comprenderme a mí mismo, ver lo que Dios desea realmente que yo haga; la cuestión es encontrar una verdad que sea verdadera para mí, hallar la idea por la cual pueda vivir y morir. ¿De qué me serviría descubrir la llamada verdad objetiva, ejercitarme en todos los sistemas filosóficos y ser capaz, si me lo exigen, de revisarlos todos y de mostrar la inconsistencia de cada uno? ¿En qué me beneficiaría desarrollar una teoría del Estado y combinar todos los detalles en un todo singular, y construir de esta manera un mundo en el cual no vivo, pero que presente a la vista de los demás? ¿En qué me beneficiaría el que fuera capaz de explicar el significado del cristianismo si no tiene significado profundo para mí y para mi vida? ¿En qué me beneficiaría el que la verdad estuviera delante de mí, fría y desnuda, sin preocuparme si la reconozco o no, produciéndome un escalofrío de temor en lugar de una devoción confiada?”

Esta afirmación de la conciencia individual en el campo cristiano es la más grande enseñanza de Kierkegaard. “Lo que Dios desea realmente que yo haga es lo que yo soy y la fe en Dios depende de esta misión individual que constituye, al mismo, tiempo, la estructura y la grandeza de un alma.

Inclinado sobre las miserias de su tiempo, el despertar del utilitarismo moderno y el abandono de las fuentes cristianas por la intransigencia del clero protestante, Søren Kierkegaard no descuida sin embargo su amor a los humildes , en cuanto “los hombres son iguales porque son igualmente amados por Dios. La única diferencia es que uno es consciente de ser amado por Dios y otro no lo es o no quiere serlo “. Convencido de esta igualdad, escribe sus famosos “discursos edificantes” , en los que en polémica con la Iglesia imperante, Kierkegaard declara de querer convertirse en cristiano, contra viento y marea. Y la enseñanza vale para su pueblo, cuyos intereses espirituales defiende con tan denodado fervor. Cuántas veces no vaciló el maestro entre la severidad y la limpidez de su fe y los lazos que lo ataban al mundo, por imperfecto que fuera, entre ellos la veneración que nutría por el Obispo Mynster, confesor de su padre ; su incesante angustia por Regina, la amada infranqueable ; y sobre todo su compasión profunda por el pobre que debía trabajar toda una vida y al cual hubiera sido cruel arrebatarle el consuelo que el “cristianismo de la cristiandad presente” podía darle.

La pluma de Kierkegaard no cesó nunca de condensar sus mayores tormentos y sus más altas inquietudes en artículos, pequeñas narraciones y pensamientos llenos de una sustancia contradictoria y apasionada. Su obra de poeta, filósofo y esteta no son sino “máscaras” como él define de su violento amor a Dios. No obstante, hay en ella, excepción hecha de su clarividencia cristiana, una fuerte dosis de verdades humanas que aún privadas de su estirpe sobrenatural, nos revelan una naturaleza terrestre en perpetuo confronte consigo misma. El año 1848 marca la era de su mayor producción literaria: ella marca también el momento de su mayor acercamiento a los problemas puramente humanos, al humanismo que tan fuertemente ponía él en contraste con la severidad de su concepción cristiana. En “La enfermedad mortal” concibe éste último como el único remedio para la desesperación y las miserias de la naturaleza humana. Pero su oscilación persiste: no se decide a afrontar la misión de pastor; se le hace imposible abandonar la pluma, su amor por Regina es de la más honda estirpe terrenal ; su piedad humana se rebela ante la condición de los humildes; infinita caridad lo liga a los suyos, a los hombres, a los que necesitan de la palabra del hombre. La felicidad puramente humana lo conmueve y le revela un misterioso estado de la naturaleza incompatible con su fe cristiana, pero no por ello menos alto y hermoso. Hacia el fin de su vida Kierkegaard probó la necesidad de morir en paz consigo mismo y con la existencia, dejando en suspenso la absolución de su alma, que tan apasionadamente había tratado de salvar durante toda su vida.

No le fue difícil por ello, a este terrible solitario, este gran defensor de los derechos del alma individual, a este implacable censor de la existencia humana y de la pasión trascendente, escribir estas conmovedoras palabras, llenas de veneración por sus semejantes: “Cuánto más alto se halla un hombre sobre lo que ama, más se sentirá impulsado (hablando humanamente) a levantar el objeto de su amor a su nivel; pero también más se sentirá movido (hablando divinamente) a descender hacia él. Esta es la dialéctica del amor. Es extraño que la gente no haya percibido esto en Cristo y siempre crean que se hizo hombre por compasión o necesidad”.

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