A principios de los años noventa, cada primer domingo de mayo, solía aparecer en las páginas de “El Comercio” una fotonoticia que llamaba la atención del lector por el contraste creado con los serios informes internacionales que le rodeaban. Así, en curioso mosaico junto con reportes de la reunificación alemana, la agonía de la URSS, el ascenso de Lech Walesa en Polonia o el abandono de Margaret Thatcher de su despacho londinense en el número 10 de Downing Street, aparecía la imagen de miles de mumbaikars, el gentilicio para los habitantes de Bombay, riendo a mandíbula batiente. Ese día, durante años el médico y activista indio Madan Kataria lograba reunir a todos ellos en sus sesiones de risa masiva. Al final, la iniciativa civil del movimiento internacional del yoga de la risa, realizada con el propósito de promover tanto la paz mundial como el bienestar emocional, se extendió por otros países y encontró un lugar en el calendario mundial de efemérides curiosas, en las que destacan, por ejemplo, el día de llevar el perro al trabajo, el 21 de junio, o el día de ponerse calcetines disparejos, el 21 de marzo. Sin necesitar el respaldo de una institución como la ONU o la OMS, este 3 de mayo podemos celebrar la risa que estalla como un globo, que explota dentro de nosotros cuando alguien nos cuenta un chiste verde o vemos al amigo chancarse un dedo con el martillo.
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Sí, es un poco cruel reírse de eso, pero es que la risa es así, porque en la carcajada habita el diablo, como nos lo advertía el veterano Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego creado por Umberto Eco para su novela “El nombre de la Rosa”, cuya obsesión era ocultar el segundo libro de la poética de Aristóteles, dedicado precisamente a la risa y la comedia.
Con lúcida lógica, al analizar la esencia del humor, el filósofo francés Henri Bergson, Nobel de Literatura en 1927, indicaba que el estallido de la risa tenía tres disparadores: lo imprevisto, el contraste y la repetición. Según él, en esta simple fórmula encontramos la explicación de todos los ejemplos risibles, expresados a través de la oralidad, el sonido, la gráfica, el gesto o cualquier circunstancia cómica.
Veamos su definición académica: risa, del latín ‘risus’, movimiento de la boca y el rostro que denota alegría. La risa es el lenguaje que lo entiende todo el mundo y que nos hermana, porque a diferencia de los otros animales, el hombre solo es inofensivo cuando enseña los dientes. Nos desternillamos de risa cuando perdemos el control de nuestras junturas óseas, nos meamos o cagamos de risa cuando la potencia del chiste desactiva nuestros esfínteres y podemos morirnos por su causa cuando su intensidad provoca un paro cardíaco, asfixia o síncope en personas con condiciones de salud preexistentes.
En la historia humana, y a saltitos por los siglos, indagaríamos por lo cómico entre los griegos, clásicos hasta en la risa. Destacaríamos al imponente guerrero Stentor, quien hizo oír su potente carcajada al conocer la planeada farsa de Ulises de obsequiar un caballo a los habitantes de Troya. Su risa, estentórea, tuvo nefasto efecto en los oídos del rey Príamo y sus huestes, contribuyendo a la victoria griega. Pero es en los “Cantos de banquete” de las fiestas dionisiacas en que nació la figura del cómico. Y en el siglo de Pericles, en la quinta centuria antes de Cristo, que los decoradores del teatro griego colocaban la máscara de la Comedia al lado de la tragedia, siendo Aristófanes, en sus 40 comedias (aunque hoy solo se conservan 11), el más despiadado crítico de los gobernantes demagogos. Ya entonces la risa era un elemento corrosivo en la lid política.
A partir del nacimiento del actor cómico, tenemos los juglares y bufones, los payasos y arlequines, y entrados al siglo del cine, íconos como Charlie Chaplin, Buster Keaton, Cantinflas. Y en lo que va del XXI, es Jimmy Kimmel quien da cara a las bravatas y las pataletas del emperador Trump pidiendo su cabeza a la ABC. Sin duda, el Día de la Risa es motivo también para ir de librerías y buscar a los seguidores de Aristófanes. En nuestra tradición local, releer a Juan del Valle y Caviedes, a Manuel Ascencio Segura, a Ricardo Palma y a Leonidas Yerovi, genios en esa vieja costumbre peruana de ironizar sobre la vida propia y ajena. Agreguemos a la búsqueda a Julio Velarde y a Luis Felipe Angell, celebremos el Pantaleón de Vargas Llosa y el Martín Romaña de Bryce, recuperemos el humor de Ribeyro, indaguemos en herederos contemporáneos como Carlos Herrera, Fernando Iwasaki, Rafo León, Jaime Bayly, Luis Freire, Santiago Roncagliolo, Gustavo Rodríguez, Leonardo Aguirre, Francisco Ángeles o Gianni Biffi. Todos herederos de la ironía cervantina y el humor quevedesco, representantes del humor en todas sus vertientes: el neocostumbrismo, el sarcasmo, la parodia, la sátira, la erudición absurda, la perplejidad.
El humor peruano más común es la cachita o la burla. Reímos para no llorar. Sabemos darle la vuelta a la tragedia. El psicoanalista Moisés Lemlij dice que los peruanos, para no enfrentar el lado más trágico de la vida, sacamos a flote su aspecto más ridículo. Y Luis Felipe Angell escribía que, aunque suene paradójico, en nuestro país entre lo risible y lo dramático hay apenas diferencia.
Apuntaba el popular Sofocleto: “Nada más triste que vivir en un país donde hay mucho de qué reírse”. Y vistos tantos despropósitos en los últimos tiempos, ya lo risible ha dado lugar a la indignación. La línea que separa la comedia del humor involuntario es, fundamentalmente, la intención. Mientras la primera es una narrativa pensada, la nuestra se crea a partir de los accidentes de la realidad. De ser un país que se reía de todo, hemos pasado a convertirnos nosotros en un mal chiste. Una anomalía. Una nación que intenta ser solemne y fracasa estrepitosamente. Y el autor: un presidente que victimiza a Hitler, un candidato que acusa de fraude sin pruebas, un congresista que rasca la olla antes de irse, un funcionario electoral pasmosamente negligente, un dirigente deportivo capaz de arruinar a su club en pocos meses, no saben que están siendo graciosos. De hecho, son los últimos en enterarse.
Además…
A saber
El Día Mundial de la Risa se estableció en 1998 y se celebró por primera vez el 10 de mayo de 1998 en Bombay.
Fue organizado por Madan Kataria, fundador del movimiento internacional del Yoga de la Risa. Actualmente se celebra el primer domingo de mayo en todo el mundo.