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Un hombre observa una pintura del artista chino Yue Minjun, durante la edición del 2014 de la Feria de Arte de París. El pintor es conocido por sus irónicos personajes en permanente y enfermiza carcajada.
Un hombre observa una pintura del artista chino Yue Minjun, durante la edición del 2014 de la Feria de Arte de París. El pintor es conocido por sus irónicos personajes en permanente y enfermiza carcajada.
/ FRANCOIS GUILLOT
Por Enrique Planas

A principios de los años noventa, cada primer domingo de mayo, solía aparecer en las páginas de “El Comercio” una fotonoticia que llamaba la atención del lector por el contraste creado con los serios informes internacionales que le rodeaban. Así, en curioso mosaico junto con reportes de la reunificación alemana, la agonía de la URSS, el ascenso de Lech Walesa en Polonia o el abandono de Margaret Thatcher de su despacho londinense en el número 10 de Downing Street, aparecía la imagen de miles de mumbaikars, el gentilicio para los habitantes de Bombay, riendo a mandíbula batiente. Ese día, durante años el médico y activista indio Madan Kataria lograba reunir a todos ellos en sus sesiones de risa masiva. Al final, la iniciativa civil del movimiento internacional del yoga de la risa, realizada con el propósito de promover tanto la paz mundial como el bienestar emocional, se extendió por otros países y encontró un lugar en el calendario mundial de efemérides curiosas, en las que destacan, por ejemplo, el día de llevar el perro al trabajo, el 21 de junio, o el día de ponerse calcetines disparejos, el 21 de marzo. Sin necesitar el respaldo de una institución como la ONU o la OMS, este 3 de mayo podemos celebrar la risa que estalla como un globo, que explota dentro de nosotros cuando alguien nos cuenta un chiste verde o vemos al amigo chancarse un dedo con el martillo.

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