Piénsese, por ejemplo, en lo diferente que es una historia de la música pop que toma como referencia la cantidad de discos vendidos por los grupos o su posición en las listas de éxitos de otra elaborada siguiendo el hilo conductor de las corrientes juveniles y musicales que establecieron hitos fundacionales en lo que se refiere a su renovación estilística. O imagínese lo distinta que sería una historia hecha desde la óptica del heavy metal de aquella formulada desde el prisma de la música techno.
Compárese, por último, cualquier historia escrita desde el ombligo norteamericano con otra narrada desde el eje británico. Lo que en una es un capítulo puede convertirse, en la otra, en una simple nota a pie de página.
Por lo demás, ¿de qué debe ocuparse una historia de algo tan provisional y cambiante como la música popular? ¿De las corrientes musicales, de los eventos colectivos, o de la obra de los grupos y solistas individualmente considerados? En cualquiera de los casos, ¿cómo discriminar lo necesario de lo contingente, lo principal de lo accesorio? ¿Qué me asegura que lo que hoy parece irrelevante no sea mañana decisivo?
Se requiere, pues, un criterio cuya elección será siempre más o menos arbitraria, y dependerá de la posición desde la cual se proceda a realizar la reconstrucción. Pero eso no es todo.
La lluvia de información que inunda cotidianamente los medios de comunicación tiende a difuminar la conciencia histórica del público. Como dijo alguna vez el crítico estadounidense Peter Watrous: “La elección y la variedad reemplazan a la tradición”, a la que el oyente promedio es ajena. Y es que, como afirmaba el filósofo italiano Gianni Vattimo, “la historia contemporánea es la historia de la época en la cual todo, mediante el uso de los medios de comunicación, sobre todo, la televisión, tiende a achatarse en el plano de la contemporaneidad y de la simultaneidad, lo cual produce una deshistorización de la experiencia”.
Walter Benjamin, por su parte, decía que, con el desarrollo de los mass-media y la cercanía que establecen entre la obra de arte y el espectador, la distancia entre ambos se había desvanecido. Pero, al desaparecer esa distancia —que la obra original impone y que no es otra que la de la tradición, en el interior de la cual se inscribe como única—, se había evaporado también aquello que la hace irrepetible: su aura.
En efecto, los objetos de la cultura de masas son inmediatamente asequibles a cualquiera y vuelven irrelevante la existencia de un bagaje histórico de interpretación como prerrequisito para poder apreciarlos. Como señaló Iain Chambers: “El objeto reproducido no esconde nada. No tiene secretos ni significado ulterior, y en eso consiste su declaración más profunda porque nos recuerda que el verdadero problema radica en la superficie, en lo obvio”.