Héctor López Martínez

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Por: Héctor López Martínez (*)

El 8 de diciembre de 1982, en la solemne ceremonia en la que Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, el galardonado escritor dijo en un acápite de su discurso: “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación”.

Este viaje fascinante, lleno de peripecias, sufrimiento, crueldad, muerte, lealtad y traición, pudo llevarse a cabo gracias a la tenacidad de un portugués llamado (1480-1521), quien renunció a su nacionalidad adoptando la española y con el apoyo de la Corona hispana consiguió el mando de una flotilla de cinco barcos, con una dotación de 265 hombres, entre los cuales, en calidad de cronista, estaba Pigafetta y con ellos el 10 de agosto de 1519 zarpó de Sevilla navegando por el Guadalquivir en pos del puerto marino de San Lúcar haciéndose a la mar el 20 de setiembre.

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Marchaban en busca de las islas Molucas, donde abundaban las especias tan requeridas en Europa y por las cuales se pagaba altísimo precio. Para ello buscarían por el oeste una ruta que permitiera comprobar que se encontraban en la parte del mundo donada a los españoles por el Papa Alejandro VI. La otra parte era de Portugal.

El 29 de noviembre avistaron la costa de Brasil arribando a Río de Janeiro. Magallanes, hombre adusto, autoritario, soberbio, inteligente y resuelto, encontró en ese punto la resistencia de los capitanes de sus naves que se negaban a continuar hacia el sur para descender hasta encontrar un estrecho que uniera el Atlántico con el Mar del Sur, descubierto años antes por Balboa. Magallanes reprimió duramente el conato de motín degollando y ahorcando a los cabecillas.

El océano más grande del mundo

El 21 de octubre estaban frente a un estrecho y, luego de reconocerlo, Magallanes inició su travesía llamándola “de Todos los Santos”. Era el 1° de noviembre y empleó 38 días en cruzarlo. Finalmente salieron a un mar que nombraron Pacífico adentrándose en las aguas del océano más grande del mundo. La travesía del Pacífico fue una increíble proeza náutica porque nadie hasta entonces había navegado tanto tiempo sin ver otros horizontes que el océano y el cielo. Estuvieron más de tres meses en situación desesperada. El hambre y la sed los atormentaban. Dice Pigafetta: “Bebíamos agua amarilla, pútrida desde hacía tiempo y comíamos las pieles de buey que están sobre el palo mayor…”. Los hombres iban muriendo de inanición y escorbuto. De los cinco buques solo quedaban tres.

Llegaron finalmente a unas islas a las que en el siglo XVII bautizaron con el nombre de Marianas, en honor a la esposa del rey Felipe IV. Allí los expedicionarios encontraron abundantes alimentos pudiendo reponerse en pocas semanas. Siguieron las singladuras y sin encontrar Australia y la Melanesia llegan a las Filipinas donde, en general, fueron bien recibidos. Magallanes trabó amistad con varios caciques de diversas islas iniciando una intensa labor evangelizadora.

El dramático desenlace

Laurence Bergreen, en su estupendo libro “Magallanes”, dice: “Hacia mediados de abril de 1521, la trayectoria de Magallanes como explorador había llegado a su punto más alto. Había sofocado maliciosos motines, había cumplido su promesa de descubrir el estrecho, había navegado por ignotas regiones del Pacífico y había reivindicado las Filipinas, entre otras muchas tierras, para España, convirtiendo de paso al cristianismo a miles de isleños. A lo largo de su viaje había mostrado debilidad por la piedad, pero ahora fue mucho más lejos, amenazando con matar a aquellos que desafiaran su cruzada. Y, esta vez, Magallanes tenía intención de cumplir sus amenazas”.

El sábado 27 de abril de 1521 –hace 500 años– Magallanes y 49 de sus hombres desembarcaron en son de guerra en la isla Mactán. Por cada europeo había cien guerreros nativos. La situación muy pronto fue dramática y Magallanes resultó herido. Sobre el particular relató Pigafetta: “eso le hizo caer de cara, a lo que inmediatamente se lanzaron sobre él con lanzas de hierro y de bambú y con sus alfanjes, hasta que mataron a nuestro espejo, nuestra luz, nuestro sostén y nuestro guía”. Sus restos no pudieron encontrarse jamás. Este viaje, gloria exclusiva de España, lo culminaría Juan Sebastián Elcano, quien con una sola carabela, la “Victoria”, y 18 supervivientes que parecían espectros, arribó a Sevilla el 8 de setiembre de 1522. Esta navegación, la más audaz de la historia, circunnavegó por vez primera el planeta constatándose la redondez de la Tierra y que toda ella estaba unida por el mar.

(*) Historiador

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