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La península coreana en su hora cero, por Óscar Vidarte

“La solución del problema coreano no implica solamente lo que puedan acordar las dos Coreas”.

Óscar Vidarte A. Internacionalista de la PUCP

corea del norte

“No basta que Corea del Norte detenga o prescinda de su programa nuclear y de misiles balísticos a cambio de cooperación y la reducción de sanciones”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

En qué momento Kim Jong-un pasó de ser un “hombre cohete” a un “hombre honorable”? ¿Cómo es posible que hace un año se temía por un desenlace nuclear y hoy estemos tan cerca de terminar con uno de los principales focos de tensión en el mundo?

Los encuentros al más alto nivel entre aliados y rivales interesados por la compleja situación de seguridad en la península coreana (Kim siendo recibido por Xi Jinping, luego visitando a Moon Jae-in y en unas semanas acogiendo a Donald Trump) parecen dar inicio a una fase caracterizada por la distensión. Al igual que en la Guerra Fría, la distensión puede implicar intentos de diálogo y una serie de acuerdos que pueden reducir el conflicto entre las partes, pero que no necesariamente olvida las diferencias ni evita el comienzo de un nuevo período determinado por el enfrentamiento, tal como sucedió a partir de la década del ochenta entre EE.UU. y la Unión Soviética. Lo cierto es que ni en su peor momento la guerra fue una opción para ninguna de las partes partícipes del dilema coreano, ni la reunificación es en este momento un objetivo cercano de alcanzar.

Es de esperar que el reciente encuentro entre Kim y Moon, el mismo que se produce en territorio surcoreano –como no ha sucedido desde la Guerra de Corea– y luego de más de una década de ausencia de contacto entre los máximos líderes de las dos Coreas, ayude en el acercamiento de ambos países, punto de partida de cualquier solución.

La agenda bilateral es variada y, lamentablemente, la experiencia nos dice que los avances en encuentros anteriores fueron mínimos o no tuvieron un final feliz. El fracaso del Complejo Industrial de Kaesong y del Complejo Turístico de Monte Kumgang es un ejemplo de lo difícil que ha resultado la cooperación entre Corea del Norte y Corea del Sur. Por ello, si logran poner fin, formalmente hablando, a la Guerra de Corea, podría significar una real voluntad de las partes por cambiar la relación. Pasos en ese sentido se han dado. Los gestos expresados y el contexto que ha rodeado la cita entre Kim y Moon están generando muchas expectativas.

No obstante, la solución del problema coreano no implica solamente lo que puedan acordar las dos Coreas, también pasa por la reconfiguración del sistema de seguridad de la región y lograr que el Lejano Oriente deje de ser un problema que merezca la atención mundial. No basta que Corea del Norte detenga o prescinda de su programa nuclear y de misiles balísticos a cambio de cooperación y la reducción de sanciones. Acá están en juego los intereses de las principales potencias del mundo, que comprenden su papel en la región en otros términos.

Estados Unidos, consciente de la importancia del Asia-Pacífico en todo el sentido de la palabra, va a tratar de mantener su presencia militar en la región, en aras de evitar la consolidación de China, su principal rival. La desnuclearización de la península coreana y el fin de la amenaza norcoreana pueden implicar dejar de tener presencia real en Corea del Sur y Japón, algo que seguramente muchos desean en dichos países. El problema es cómo el nuevo sistema de seguridad que se pueda desarrollar para traer paz logra mantener a EE.UU. como un actor clave. Por lo menos, mientras continúen las diferencias entre China y Japón, Taiwán y algunos países del sudeste asiático, EE.UU. aún tiene cierta relevancia.

Por su parte, China está muy interesada en reducir la presencia de EE.UU. en Asia, su zona de influencia natural; de ahí que, con el fin de convertirse en una potencia mundial (en términos de Xi Jinping), la construcción del nuevo orden regional debe dejar claro el papel de China como centro de poder. Además, una península coreana estabilizada permite el mantenimiento en el poder de la dinastía Kim en Corea del Norte, país que constituye un aliado histórico de China; así como eliminar el riesgo de una migración masiva de norcoreanos por su frontera norte, probable consecuencia directa de un escenario bélico.

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