El siglo XXI no empezó el 1 de enero del 2000, sino en las primeras horas de la mañana del martes 11 de setiembre del 2001. Ese día, cuando dos aviones perforaron las Torres Gemelas en Nueva York, se rompió para siempre el corazón de una ciudad, con el derrumbe de un santuario de la cultura occidental. La magnitud de este evento que acaba de cumplir 25 años ha enrumbado nuestro tiempo hacia una dirección que parece insalvable.
Si en su libro “El fin de la historia” (1992), Francis Fukuyama había anunciado que habíamos llegado a un modelo político y social definitivo, fue Samuel Huntington quien previno lo que ocurrió ese día. Era una demostración de lo que había descrito en su libro “El choque de las civilizaciones”(1996).
"El atentado del 11 de setiembre, hace 25 años, dio forma a las guerras que siguieron".
Alonso Cueto | Escritor
La historia no llegaba a un fin basado en un modelo político y económico (la democracia y el capitalismo), sino que continuaba impulsada por las pulsiones culturales que siempre nos han dividido. Los ataques fueron condenados por las autoridades islámicas por supuesto. En el Corán se establece que el asesinato de una sola persona equivale a la muerte de toda la humanidad. Pero las doctrinas radicales del terrorismo, alejadas del islam, aseguraban que cada mártir o “shuhada” entraría al paraíso con 72 mujeres. Era el premio por el ataque a lo que consideraban un monumento al mal.
El atentado del 11 de setiembre, hace 25 años, dio forma a las guerras que siguieron. Como consecuencia del ataque, el presidente Bush exigió a Afganistán la entrega de Osama Bin Laden y el desmantelamiento de los campos de concentración de Al Qaeda. El conflicto con Afganistán duró veinte años, con períodos muy duros como el del año 2009. Terminó en el 2021 con la retirada de las fuerzas norteamericanas. El criminal Osama Bin Laden fue asesinado en mayo del 2011. Sin embargo, hace unos meses empezó una nueva guerra entre Estados Unidos e Irán. Es la misma historia de siempre. Cuando los griegos se enfrentaron a los persas en las Guerras Médicas en el siglo V antes de Cristo, ya estaban representando lo que Huntington definía un “clash” civilizatorio. Las guerras entre modos de ver el mundo, modos de vestirse, modos de concebir el amor y la política, religiones distintas. Y la guerra por apetencias económicas, por supuesto.
Hoy que todos conocen la historia de Odiseo gracias a la película de Nolan, pero sobre todo al gran relato de Homero, no hay que olvidar que por entonces también estaba en juego el estrecho de Helesponto, hoy conocido como Dardanelos. Desde su posición estratégica, Troya cobraba impuestos a todos los barcos que pasaban por allí. Helena existió sin duda, pero también el apetito de los aqueos por controlar toda esa riqueza. El amor, el honor y el dinero a veces pueden coincidir en sus fines.
El ambiente de guerra en el que vivimos, después del derrumbe de las Torres Gemelas, sigue con nosotros. En Alemania, un partido considerado un representante del neonazismo, el AfD, acaba de ganar las elecciones en Sajonia-Anhalt. En su nuevo libro, “El liberalismo y sus desencantados”, Fukuyama piensa que las democracias occidentales viven en una inestabilidad y degradación profundas, con la pérdida de confianza que supone. En medio de la turbamulta en el mundo, solo nos queda seguir haciendo lo que hacemos, con “poquita fe”, y nada más.