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Cuando la política suma
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No hemos tenido ciclos políticos particularmente virtuosos en los últimos años, gobernantes con escasa o nula preparación para tan alta responsabilidad. Aún así, la economía del país ha seguido creciendo, a un ritmo superior al de varios países de la región. La autonomía del Banco Central y un marco constitucional que ha dado previsibilidad a la inversión han funcionado como anclas en medio de la volatilidad política.
Pero ¿cuánto más habríamos crecido si la política hubiera respaldado plenamente a la economía? Hubiéramos podido alcanzar el potencial máximo de nuestros recursos como país, internos y externos, alcanzando tasas de crecimiento del 5% o 6% anual, un rango que hoy sigue siendo viable pues los términos de intercambio internacional son hiperfavorables para el Perú, y con perspectivas de sostenerse en el mediano plazo.
Crecer más significa la creación de mayor riqueza, y como consecuencia un mayor bienestar para la nación, mejores servicios públicos, salud, educación, seguridad, justicia, y principalmente una importante reducción de la pobreza; es la diferencia entre un Estado que tiene margen para solventar sus obligaciones, y uno que vive apagando incendios todo el tiempo.
Cuando la economía crece poco, la política –la barata– se agranda, todo gira alrededor de lo urgente y de la incapacidad de los gobernantes para atender las necesidades nacionales. Cuando la economía crece más, en cambio, las posibilidades de un mayor bienestar para la población, sobre todo para aquellos que dependen del Estado como principal proveedor de los servicios básicos, se incrementa exponencialmente. Mayor seguridad y confianza en el largo plazo. De eso se trata cuando hablamos de alinear política y economía.
Es importante votar con la madurez necesaria para comprender esto; que la política deje de ser un lastre y se convierta en un soporte real de la economía. Crecer a tasas que permitan fortalecer los servicios públicos, mejorar la recaudación fiscal y elevar los estándares de vida en salud, educación, seguridad e infraestructura, que siguen siendo las necesidades más apremiantes del país.
No se trata de desconocer las tensiones propias de un proceso electoral, pero las elecciones no son solo el camino democrático hacia el bienestar, son también una oportunidad que resulta indispensable tomarse en serio y aprovechar con la convicción de que nuestro futuro puede y debe ser mejor.
Estas elecciones nos obligan a pensar en el bienestar del país en el largo plazo. No defraudemos a la nación.

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