EEUUCuando la realidad interrumpe el live
“Hablar directamente con la gente es una ventaja. Hablar todo el tiempo no necesariamente”.

Periodista

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

La presidenta Keiko Fujimori parece haber tomado una decisión bastante clara: no esperar a que los medios de comunicación construyan la imagen de su gobierno. Prefiere hacerlo ella misma. Visita, anuncia, conversa y, sobre todo, transmite.
La presidenta Keiko Fujimori parece haber tomado una decisión bastante clara: no esperar a que los medios de comunicación construyan la imagen de su gobierno. Prefiere hacerlo ella misma. Visita, anuncia, conversa y, sobre todo, transmite.
Tiene millones de seguidores en Facebook, TikTok, X e Instagram. No es solamente una ventaja tecnológica. También resulta política. La mandataria puede escoger cuándo aparece, desde dónde, con quién conversa y, hasta cierto punto, de qué conversa. Se convierte en una forma muy moderna de cercanía: habla con todos, siempre que pueda escoger de qué se habla.
La fórmula le ha funcionado. Fujimori recorre el país, enseña regalos, conversa con la gente y administra con bastante destreza esa naturalidad que, en política, suele necesitar tanta preparación. Después de años de presidentes que huían de los micrófonos como si transmitieran una enfermedad contagiosa, verla hablar con frecuencia resulta, incluso, saludable.
La comparación con su padre aparece sola. Alberto Fujimori necesitó la televisión para construir su personaje político: el presidente del poncho, el tractor y los viajes por el país. Keiko dispone de una ventaja que él habría envidiado mucho: lleva su propio canal en el bolsillo. Ya no necesita esperar a que una cámara llegue. La cámara va con ella.
El inconveniente es que la realidad también. El domingo, mientras las lluvias castigaban Lima y buena parte del sur del país, con inundaciones, carreteras interrumpidas y poblaciones afectadas en Arequipa y Tacna, la presidenta dedicó unos minutos de su live a responder una pregunta sobre su rutina de belleza. Contó que no usa colágeno, que se pone bloqueador, se desmaquilla y utiliza humectante para escapar de las odiosas arrugas.
Por supuesto, una presidenta tiene derecho a ponerse crema. Incluso varias. El problema nunca fue dermatológico o estético. Fue el momento.
Mientras muchas familias intentaban impedir que el agua entrara a sus casas, el país pudo enterarse de los cuidados faciales de la presidenta. Son esas coincidencias que ningún estratega de comunicación incluye en el PowerPoint.
Al día siguiente, Fujimori recorrió las zonas afectadas y dispuso el despliegue de ministros. Hizo lo que correspondía. Pero la política tiene una antigua crueldad: algunas imágenes llegan tarde y otras, las inconvenientes, siempre llegan puntuales.
Entonces apareció Elmer Cuba. El ministro de Economía pidió no desesperarse, recordó que París y Madrid también se inundan y habló de “un poco de agua en las rodillas”. La comparación europea debió parecerle tranquilizadora. A quienes tenían agua dentro de sus casas probablemente no tanto. Keiko tuvo que corregirlo públicamente y recordarle la magnitud del daño, las pérdidas y el sufrimiento de las familias. Cuba terminó pidiendo disculpas.
Hay frases desafortunadas y hay frases que revelan algo más. Cuando una presidenta debe salir a explicar a uno de sus ministros la diferencia entre una estadística y una desgracia, el problema ya no pertenece únicamente a la oficina de comunicaciones.
Ese es el peligro de una presidencia tan pendiente de la conversación. Hablar directamente con la gente es una ventaja. Hablar todo el tiempo no necesariamente. Las redes producen una intimidad engañosa: hacen creer que gobernar consiste en mantener abierta la conversación, cuando a veces gobernar exige justamente interrumpirla porque afuera está ocurriendo algo más importante.
Keiko ha demostrado que entiende bastante bien cómo funcionan las redes. Ahora empieza la parte difícil: entender cuándo las redes dejan de importar.
Porque uno puede escoger la cámara, el encuadre y hasta la crema humectante. Lo que todavía ningún presidente ha conseguido escoger es la realidad.











