PerúEducación: sin atajos pero con esperanza
“No hay atajos para solucionar el problema de la educación en un país, sino una necesidad de trabajo comprometido con visión de largo plazo”.

Fundador de Comité y cofundador de Recambio

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Estuve estos últimos días en Sao Paulo con ocasión del lanzamiento de la Comunidad de Periodismo Educativo de América Latina, conversando con filántropos y organizaciones promotoras de la educación que están haciendo cosas extraordinarias en Brasil y otros países de la región, sobre todo en materia de alfabetización y comprensión lectora.
Estuve estos últimos días en Sao Paulo con ocasión del lanzamiento de la Comunidad de Periodismo Educativo de América Latina, conversando con filántropos y organizaciones promotoras de la educación que están haciendo cosas extraordinarias en Brasil y otros países de la región, sobre todo en materia de alfabetización y comprensión lectora.
Si bien me honra integrar esta comunidad que impulsa el Instituto de Evidencia Educativa, basado en Mendoza, Argentina, confieso que me sentí bastante interpelado cuando vi las cifras comparativas de alfabetización en los seis países representados (Brasil, Argentina, México, Colombia, Chile y Perú) y el nuestro estaba a la cola.
Pero, en lugar de regresar a casa cabizbajo y decepcionado, vengo más bien recargado de ilusión y esperanza. Porque he visto in situ lo que puede ocurrir en un país –Brasil, en este caso– cuando se alínea el conocimiento de la academia, el empuje del sector privado, el compromiso de los servidores públicos, la voluntad de los políticos y, por supuesto, el heroísmo de los docentes y las ganas de aprender de los estudiantes.
Es difícil lograr que la educación básica esté en el centro del debate público en un país. A los estudiantes no se les presta suficiente atención porque no votan, mientras que sus padres lo hacen priorizando otros temas como la economía o la seguridad. Los académicos en muchos casos han tirado la toalla respecto de la posibilidad de que los políticos valoren la evidencia. Los políticos asumen que este es un problema que se resuelve en el largo plazo, así que le dejan la tarea al que venga después. A los medios de comunicación se les hace cada vez más difícil tener una cobertura especializada en dicha materia y tienden a privilegiar la noticia del conflicto antes que la historia personal de superación. Y el sector privado, en vez de articular esfuerzos, los fragmenta o traslapa porque cada quien quiere estar en el centro de la atención.
Esto no tiene por qué ser así. Si bien existe una necesidad imperiosa de que padres y madres de familia se organicen para exigir una mejor educación para sus hijos e hijas, lo que demuestra la experiencia internacional es que la situación empieza a cambiar cuando la clase dirigente de un país se compra el pleito. Un líder del sector empresarial con el cual interactuamos en Sao Paulo lamentaba que hubiera ejércitos de lobistas dedicados a cautelar intereses corporativos, pero nada cercano a eso en lo que respecta a intereses nacionales como lograr educación de calidad a todo nivel.
Otra cosa importante que nos dijo es que, entre quienes sí participan en el debate educativo, varios parecen haber encontrado soluciones rápidas, sencillas, eficientes… y equivocadas. Sucede, pues, que se subestima la complejidad del problema y a veces se desprecia incluso el propio proceso democrático, porque el temor real de que con cada elección se cambie todo. El problema con esto es que se elige trabajar oportunisticamente con un solo partido o espacio político, cuando lo que se necesita es trascender a las diferencias ideológicas para que las reformas que se impulsen tengan continuidad más allá del ciclo político.
Debe quedar claro, entonces, que no hay atajos para solucionar el problema de la educación en un país, sino una necesidad de trabajo comprometido con visión de largo plazo, capacidad de diálogo político y financiamiento adecuado. No seré yo el que minimice las diferencias ideológicas que aparecen en este debate, que son muchas, pero puedo dar fe por dos procesos de diálogo que me ha tocado moderar en los últimos meses -uno sobre educación básica regular y otro sobre educación universitaria- que sí es posible alcanzar consensos entre especialistas con posiciones diversas. Y si a eso se agrega la aparición de movimientos organizados como “Leer no basta”, pues bien vale la pena sumarse a la causa y dar la lucha por la educación que merece nuestro país. Es lo que nos toca.










