Hace 23 años, un grupo de profesionales vinculados a la Universidad Nacional de Ingeniería decidimos crear un instituto dedicado a la formación de técnicos. Desde el comienzo tuvimos una convicción: la educación técnica no podía limitarse a transmitir conocimientos. Tenía que preparar a los jóvenes para trabajar, progresar y construir una vida mejor.
En esos primeros años recibimos el apoyo de un instituto técnico de Quebec, Canadá, el Cegep (Colegio de Educación General y Profesional), que nos introdujo en la educación por competencias. Para el Perú de entonces era un enfoque novedoso: no bastaba con conocer la teoría; había que aprender a aplicarla en situaciones concretas y resolver problemas reales.
Esa filosofía terminó convirtiéndose en la esencia de Cetemin y puede resumirse en tres conceptos: saber, saber hacer y saber ser.
El primero significa adquirir los conocimientos necesarios para ejercer una profesión. El segundo, ser capaz de llevar esos conocimientos a la práctica. Y el tercero, quizá el más difícil de enseñar, significa aprender a comportarse adecuadamente en el trabajo: cumplir responsabilidades, comunicarse, respetar a los demás y trabajar en equipo.
El sistema de internado contribuyó de manera importante a este modelo. Los estudiantes no solo cuentan con más horas de aprendizaje, sino que conviven entre ellos y continúan utilizando los talleres fuera del horario regular. Aprenden también hábitos que pueden parecer sencillos, pero que las empresas valoran enormemente: puntualidad, disciplina, orden, limpieza, convivencia y capacidad para trabajar con otros. Aprenden también que el trabajo tiene que ser seguro, no pueden exponerse a riesgos y peligros en el trabajo.
Hoy Cetemin cuenta con tres campus de primer mundo y gradúa a más de mil jóvenes cada año. Pero el indicador que más nos interesa no es solamente cuántos ingresan o cuántos obtienen un título. Es cuántos consiguen trabajo.
Por eso nos hemos impuesto una meta que muchos consideran imposible: alcanzar el 100% de empleabilidad de nuestros egresados.
Actualmente estamos alrededor del 90%. Podríamos sentirnos satisfechos. Después de todo, es un porcentaje elevado. Sin embargo, ¿qué ocurre con el 10% restante? Para una estadística puede ser un número. Para cada uno de esos jóvenes significa algo completamente distinto: expectativas frustradas, ingresos que no llegan y, muchas veces, una familia que hizo un enorme esfuerzo para financiar sus estudios sin el resultado deseado.
Cuando alguien me dice que alcanzar el 100% de empleabilidad es una utopía, suelo compararlo con la seguridad industrial. En minería y en otras actividades productivas la meta debe ser cero accidentes. Sabemos que los accidentes pueden ocurrir, pero sería absurdo fijarnos como objetivo que solo se accidente un pequeño porcentaje de los trabajadores. La única meta aceptable es cero.
Con el empleo debería ocurrir algo parecido. Un joven no estudia únicamente para recibir un diploma. Estudia porque espera que ese esfuerzo le permita acceder a un empleo digno y bien remunerado. Su familia espera lo mismo. Si una institución educativa recibe a ese joven, lo forma durante varios años y finalmente lo entrega a una sociedad en la que no encuentra oportunidades laborales; debemos preguntarnos si hemos cumplido realmente nuestra tarea.
Esto exige también una relación mucho más estrecha entre educación y empresa. Los institutos y universidades necesitan conocer qué profesionales y técnicos requiere el mercado, actualizar permanentemente sus programas y formar personas capaces de adaptarse a tecnologías que cambian cada vez más rápido. No tiene sentido formar miles de jóvenes para puestos de trabajo que no existen mientras las empresas señalan que no encuentran el talento que necesitan.
La empleabilidad, por supuesto, no depende exclusivamente de las instituciones educativas. También depende del crecimiento económico, de la inversión y de la capacidad del país para generar empleo formal. Pero eso no puede convertirse en una excusa para que la educación superior se desentienda del destino de sus egresados.
Por eso creo que el 100% de empleabilidad debe ser más que una meta de Cetemin. Debería convertirse en una aspiración de toda la educación superior peruana.
Quizá nunca lleguemos exactamente al 100%. Pero perseguir esa meta nos obliga a preguntarnos todos los días por aquel joven que todavía no consiguió trabajo. Y mientras exista uno solo que terminó sus estudios y no encuentra una oportunidad, todavía tendremos una tarea pendiente.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.