El Perú se ha vuelto experto en resistir, en esperar un cambio. Resistimos el ruido, la incertidumbre, la corrupción, la promesa constante de un cambio que nunca llega. Pero resistir no es lo mismo que quedarse callado, es entender el cansancio colectivo de un país que, a pesar de todo, se niega a rendirse.
Esa persistencia también tiene un costo. Cada crisis deja diversos rastros que pesan y que conllevan a la costumbre de la decepción. Nos hemos habituado a ver caer gobiernos, ministros y promesas sin sorprendernos. Nos volvemos espectadores de nuestra propia historia, mirando desde lejos cómo las decisiones se toman sin nosotros o a pesar de nosotros.
Frente a este desgaste, solo queda mirar hacia adelante. Volver a pensar en el país que queremos ser, en el proyecto común que buscamos como peruanos. Hemos confundido la resistencia con el progreso, y el costo de esa confusión es la pérdida de confianza en lo colectivo.
La verdadera transformación requiere un cambio estructural en la forma en que entendemos la ciudadanía y el compromiso público. Supone reconocer que el deterioro institucional no se corrige únicamente con reformas, sino con una participación sostenida que devuelva legitimidad a las decisiones colectivas. Solo cuando la responsabilidad deje de ser una expectativa y se convierta en una práctica compartida, el país podrá recuperar su rumbo. Porque un país no se derrumba solo cuando falla su economía o su política, sino cuando su gente deja de creer que vale la pena intentarlo.
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