Steven Levitsky se ha convertido en una de las voces extranjeras más citadas para interpretar la política peruana. Su prestigio académico y posición en Harvard le han dado gran influencia en medios y círculos políticos. Sin embargo, mientras más interviene en el debate peruano, más evidente resulta una contradicción: su análisis parece perder neutralidad cuando los actores políticos no coinciden con sus afinidades ideológicas.
Steven Levitsky se ha convertido en una de las voces extranjeras más citadas para interpretar la política peruana. Su prestigio académico y posición en Harvard le han dado gran influencia en medios y círculos políticos. Sin embargo, mientras más interviene en el debate peruano, más evidente resulta una contradicción: su análisis parece perder neutralidad cuando los actores políticos no coinciden con sus afinidades ideológicas.
Levitsky suele presentarse como defensor de la democracia y las instituciones, pero muchas de sus declaraciones sobre el Perú han abandonado el lenguaje analítico para entrar en el terreno de la descalificación política. El caso más evidente es su actitud frente al fujimorismo. En declaraciones recientes difundidas por medios peruanos, afirmó que en ese sector “todos” eran criminales o estaban vinculados a la corrupción. Una afirmación tan amplia y absoluta, emitida por un académico, no solo carece de precisión, sino que refleja un preocupante sesgo político.
Lo paradójico es que ese mismo rigor desaparece cuando se trata de figuras más cercanas a su visión ideológica regional. El mejor ejemplo es Alejandro Toledo. El exmandatario no era un perseguido político ni un acusado sin pruebas: fue investigado durante años, extraditado desde Estados Unidos y finalmente condenado por corrupción en el Caso Odebrecht. Pese a ello, Levitsky firmó una carta solicitando reconsiderar su extradición por razones “humanitarias” y cuestionando el contexto político peruano.
El problema no es defender garantías procesales o derechos humanos, algo válido en cualquier democracia. El problema es la evidente asimetría del discurso. Cuando se trata de adversarios ideológicos, Levitsky usa etiquetas generales y condenas morales. Cuando se trata de figuras políticamente afines, aparecen los matices, las explicaciones estructurales y las consideraciones humanitarias.
Nadie exige neutralidad absoluta a un intelectual. Todos tienen convicciones. Pero existe una diferencia entre tener posiciones políticas y convertir el análisis académico en una narrativa selectiva donde unos sectores son demonizados colectivamente mientras otros reciben comprensión y relativización. Allí es donde Levitsky pierde autoridad como observador imparcial y empieza a actuar más como activista político que como analista riguroso.
El Perú necesita análisis serios y equilibrados, no interpretaciones condicionadas por simpatías ideológicas. Cuando un académico aplica estándares distintos según el actor político involucrado, deja de aportar claridad al debate y termina debilitando su propia credibilidad.