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Un Nobel de esperanza
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Hoy, 10 de diciembre, María Corina Machado recibirá en Oslo el Premio Nobel de la Paz 2025 bajo circunstancias que parecen sacadas de una novela de espías. Lleva más de un año en la clandestinidad, huyendo de la persecución del régimen de Nicolás Maduro, mientras Washington y Caracas se enzarzan en una escalada militar sin precedentes. El Comité Noruego la premia “por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo de Venezuela”. El momento no podría ser más tenso: el presidente estadounidense, Donald Trump, acaba de declarar que los días de Maduro están contados, y el espacio aéreo venezolano se cierra por alertas militares estadounidenses.

La vida de Machado cuenta la historia de Venezuela en los últimos 25 años. Fundó Súmate a principios de los 2000 como una apuesta por fiscalizar el poder. Luego vino su prohibición como candidata presidencial en el 2024, su persecución sin tregua, las amenazas a su vida. Pese a todo, decidió quedarse. Eso es lo que el Comité Nobel quiso reconocer: no solo su capacidad de organizar, sino también su negativa a abandonar el barco. Cumple al pie de la letra con lo que Alfred Nobel pedía en su testamento: unir a quienes luchan por la libertad, frenar la militarización de la política, mantener vivo el camino hacia una transición pacífica. En otras palabras, un premio a la resistencia.

Pero este galardón no es solo un reconocimiento personal. Ocurre mientras Estados Unidos desata una ofensiva sin precedentes en el Caribe: militariza la región, declara terrorista al Cártel de los Soles, ofrece US$50 millones por capturar a Maduro. El chavismo responde cerrando filas y creando nuevas estructuras de poder para proyectar unidad.

Mientras tanto, Rusia y China guardan silencio y Maduro se queda cada vez más solo. En medio de este ajedrez geopolítico, el Nobel funciona como un aval internacional: dice que la legitimidad no está en el régimen, sino en quienes se atreven a resistir desde las sombras.

El mensaje es simple, pero potente: la resistencia pacífica puede cambiar las cosas, incluso cuando todo parece oscuro. Puede mantener viva una chispa de esperanza para combatir el autoritarismo en tiempos en los que los derechos fundamentales están bajo asedio. Eso es lo que María Corina Machado representa hoy en Oslo.

Editorial de El Comercio

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