A finales de los años sesenta, cuando vivía en París, conocí a una serie de destacadas personalidades, escritores como Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, pero también pintores, entre ellos a Gerardo Chávez, que, por aquella época, era un joven pintor con prestigio y reconocimiento por sus obras tanto en Francia, Italia, España y en el Perú.
Nuestra amistad fue inmediata por la confianza y transparencia que nació entre nosotros; parecía que siempre nos habíamos conocido. Amable, con mucho sentido del humor. Pasaron unos días y me invitó a su departamento-atelier para que vea sus cuadros y cómo pintaba. Le preguntaba por qué hacía esas figuras raras y esas deformaciones de sujetos extraños, que podrían tanto fascinar como causar miedo. Él me respondió que esas deformaciones eran como la deformación de los rostros durante el orgasmo.
Tuvimos diversas reuniones en Lima, Trujillo y París. Las veces que regresaba a París con mi esposa Ana María, Gerardo la animaba para que siguiera haciendo sus esculturas. A veces nos invitaba a almorzar o a comer a su departamento, porque Gerardo conocía muy bien otro arte: el culinario. Preparaba estupendas comidas. Otras veces, caíamos por el restaurante Le Sebillon para almorzar gigot, un plato muy popular francés, acompañado de un buen vino. Él sabía de vinos cualquier cantidad. También nos reuníamos en restaurantes del barrio latino, como La Palette y en el histórico Les Deux Magots, lugar que frecuentaba mucho Jean-Paul Sartre, ese filósofo soberbio pero genial. En esos sitios conversábamos de todo, porque Gerardo fue un gran conversador.
Un día, en esas conversaciones, me dijo: “Hoe, negrito –con ese acento medio caribeño que tenía, que no sé de dónde lo había sacado–, se me ha ocurrido hacer un museo del juguete en Trujillo”. Años más tarde, también con su “hoe, negrito”: “Se me ha ocurrido hacer un museo de arte moderno en Trujillo”. Y los hizo.
Nunca dejó de pensar en su querido Trujillo ni en el Perú. Su tremendo cuadro “Homenaje a la papa” lo dice todo. El museo de arte moderno fue muy bien concebido; incluso se dio el lujo de tener una obra del famoso escultor suizo Alberto Giacometti y cuadros del conocido pintor chileno Roberto Matta.
Albergo en mi departamento dos litografías y una pequeña escultura de Gerardo, esas figuras deformes, parecidas al personaje de la película “El laberinto del fauno”. Ahora ya no volveré a escuchar la voz de este gran amigo y pintor nuestro, que tiene una obra inmensa, que surgió con gran esfuerzo, porque se encuentra en el parnaso de los grandes artistas, al lado de su paisano Macedonio de la Torre.
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