Una de las fábulas que muchos de nosotros hemos escuchado infinidad de veces narra el encuentro y el posterior viaje fallido de una rana y un escorpión. La jornada, atemporal y de vaguedad geográfica, cuenta una historia que sintetiza temas asociados a la frágil condición humana: entre ellos, la confianza que en algunos casos raya en la ceguera, además de la ruptura de un pacto vital debido a impulsos de naturaleza atávica. Para los psicólogos que han analizado la fábula y las lecciones que de ella se desprenden, el cuento remite a una reflexión sobre la toxicidad en las relaciones, incluso cuando es posible prever las consecuencias nefastas que ellas pueden causar, tanto a nivel personal como colectivo. Para refrescar la memoria, me permito citar parte del diálogo antes de la partida de los dos aliados de ocasión. “Llévame sobre tu espalda –le dijo el escorpión a la rana–, te prometo que no te picaré”. La rana, tras pensarlo, aceptó y fue así que comenzaron a cruzar juntos el río. El agua estaba tranquila y el trayecto lucía prometedor hasta que, súbitamente, la rana sintió el aguijón de su compañero clavándose en su espalda. “¿Por qué? –preguntó el batracio adolorido–. Ahora los dos vamos a morir”. La respuesta escorpiónica fue sincera y brutal: “No lo hice para dañarte. Lo hice porque no supe hacerlo distinto. Está en mi naturaleza”.
Mientras que la traicionada rana nos remite a una lección fundamental –confiar no es ingenuidad, pero sí lo es ignorar patrones de conducta, sean estos genéticos o históricos–, el escorpión, no necesariamente el villano del cuento, simboliza lo paradójico de la condición humana: encarnado en ese ser que no ha aprendido a transformarse para no dañar al otro y, lo que es aún más trágico, a sí mismo. Esta moraleja tan poderosa me lleva directamente a la conflictiva historia del Perú, donde escorpiones y ranas terminan ahogados en el río de una historia cíclica que, por su crueldad y surrealismo, tratamos de olvidar, aunque al hacerlo nos privemos de sus lecciones magistrales.
Como viene ocurriendo en el mundo entero, la línea divisoria entre la mentira y la verdad casi no existe en el Perú. En efecto, un senador electo recientemente afirmó que el expresidente Castillo, en sus palabras un “secuestrado”, fue “fusilado” en la plaza de un pueblo del interior. Ante la confusión generalizada, factual pero también moral, no debería sorprendernos tampoco que un asesino de policías sea celebrado por un candidato presidencial, mientras su contrincante sigue sin reconocer el oscuro legado de un régimen –el de su padre– que, de la mano de un traidor a la patria, violó los derechos humanos, instaló una corrupción multifacética y un autoritarismo destructor. El olvido estratégico, de unos y otros, nos obliga recordar algunos temas que ahora se discuten como novedosos; entre ellos, la tan celebrada coalición política. El Perú es un país de coaliciones políticas fallidas, y bueno es señalarlo a manera de patriótica advertencia. Porque, si uno analiza nuestra cultura política, marcada por la guerra sin cuartel, descubrirá los enfrentamientos de los caudillos que pelearon en Ayacucho, y luego entre sí por el apetitoso botín estatal. Esa traición acompañada del golpismo, un binomio que se impuso a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX. La lealtad no es nuestra marca de fábrica, y de ello dan cuenta las “pasadas” de batallones enteros durante las guerras caudillistas, y ahora de congresistas a vista y paciencia de los confundidos electores. De esa cultura tramposa e impostada surgió un estilo que aún persiste. El caso paradigmático es el del general Ramón Castilla, quien, luego de pactar con los liberales –generadores de la ideología que validó su “revolución de la moral”–, los traicionó, cerrando el Congreso y abrazando al bando conservador liderado por Bartolomé Herrera.
De este comportamiento escorpiónico dan cuenta una serie de coaliciones contemporáneas, como la forjada entre los civilistas y Piérola, o aquella otra de Odría y sus aliados de turno. Y cómo no recordar la de Alberto Fujimori con los evangélicos, o la de Ollanta Humala con sus socios de izquierda, quebrada cuando el comandante decidió usar su mortal aguijón. El veneno traidor nos terminó ahogando, junto con la discriminación y la corrupción, en el río del cinismo, la rabia y la desilusión. ¿Ocurrirá nuevamente? Difícil predecirlo. Sin embargo, como ambos candidatos se han declarado creyentes, me permito citar a nuestro Papa peruano, que tanto nos quiere y nos conoce: “La tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer en lugar de disminuir” y, en ese proceso, “la dignidad humana no deja de ser violada”. Es por ello, señala León XIV, que necesitamos “cultura, interioridad, una educación libre y de calidad” que especialmente admita la complejidad de la vida. Solo librándonos de “fantasmas y enemigos” forjaremos las coaliciones duraderas que fomenten un encuentro, en aras del bien común, de un Perú y un planeta que finalmente aprenda a quererse, respetarse y cuidarse.