El síndrome del escorpión

“El Perú es un país de coaliciones políticas fallidas, y bueno es señalarlo a manera de patriótica advertencia”.

    Carmen McEvoy
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    Ilustración: Víctor Aguilar Rúa
    Ilustración: Víctor Aguilar Rúa

    Una de las fábulas que muchos de nosotros hemos escuchado infinidad de veces narra el encuentro y el posterior viaje fallido de una rana y un escorpión. La jornada, atemporal y de vaguedad geográfica, cuenta una historia que sintetiza temas asociados a la frágil condición humana: entre ellos, la confianza que en algunos casos raya en la ceguera, además de la ruptura de un pacto vital debido a impulsos de naturaleza atávica. Para los psicólogos que han analizado la fábula y las lecciones que de ella se desprenden, el cuento remite a una reflexión sobre la toxicidad en las relaciones, incluso cuando es posible prever las consecuencias nefastas que ellas pueden causar, tanto a nivel personal como colectivo. Para refrescar la memoria, me permito citar parte del diálogo antes de la partida de los dos aliados de ocasión. “Llévame sobre tu espalda –le dijo el escorpión a la rana–, te prometo que no te picaré”. La rana, tras pensarlo, aceptó y fue así que comenzaron a cruzar juntos el río. El agua estaba tranquila y el trayecto lucía prometedor hasta que, súbitamente, la rana sintió el aguijón de su compañero clavándose en su espalda. “¿Por qué? –preguntó el batracio adolorido–. Ahora los dos vamos a morir”. La respuesta escorpiónica fue sincera y brutal: “No lo hice para dañarte. Lo hice porque no supe hacerlo distinto. Está en mi naturaleza”.

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