En su obstinada aspiración de continuar alterando las dinámicas del comercio global y la relación entre Estados Unidos y otros países –priorizando, por supuesto, el máximo beneficio del país norteamericano–, Donald Trump sigue haciendo gala de propuestas arancelarias que, en algunos casos, llegan al ridículo: desde aranceles del 25% aplicados a todas las importaciones de acero y aluminio, que ya han implicado una menor demanda de la industria automotriz estadounidense, hasta la descabellada amenaza de imponer aranceles de 200% a las importaciones de bebidas espirituosas de países europeos (esto último, cabe precisar, aún no es más que una advertencia). Pero ni las múltiples críticas ni el sufrimiento de los mercados en los últimos tres meses han podido motivar un giro en las políticas extremas y extrañamente calculadas del mandatario republicano.
Por el contrario, la postura proteccionista de Trump no ha hecho más que fortalecerse desde que asumió la presidencia; y así es como llegamos a la conmemoración del mal llamado “Día de la Liberación”, que se llevará a cabo esta tarde desde la Casa Blanca, con anuncios de nuevos aranceles alineados a la ambiciosa y temeraria agenda económica de Trump.
En palabras de algunos miembros de su administración, los anuncios que se realizarían este miércoles, y que mantienen al mundo en vilo, implicarían la creación de nuevos aranceles recíprocos que llegarían hasta un 20%, en contra de una decena de países que estarían ejecutando prácticas comerciales “desleales” contra Estados Unidos. El objetivo de los nuevos aranceles, según argumentan, es reducir la presunta “explotación” económica de EE.UU. por parte de otras potencias extranjeras. Sin embargo, los efectos inmediatos podrían ser desastrosos.
Hablamos de un agresivo aumento de los impuestos a las importaciones que, sin lugar a dudas, implicará que aumenten los costos de ciertos bienes y productos en desmedro de los consumidores estadounidenses, y que también podrían generar serios estragos en los países que serían impactados por la política proteccionista y castigadora de EE.UU. A ello se suman, asimismo, efectos negativos contra las industrias manufactureras que Trump buscaría proteger, y potenciales represalias de los países que el país norteamericano busca castigar. ¿Quién se hubiera imaginado que Trump lograría unir a países como China, Corea del Sur y Japón, que están dispuestos a reaccionar en bloque contra sus descabelladas medidas arancelarias?
La incertidumbre económica a nivel global ya es una realidad. Pero las consecuencias serían particularmente profundas para la economía estadounidense, con la mayoría de analistas aumentando las probabilidades de que se dé una recesión en la potencia económica. Y el potencial impacto va más allá de lo macro: el Laboratorio de Presupuesto de Yale ha estimado que un movimiento hacia aranceles recíprocos podría trasladarse en un aumento de la inflación en más de 2%, lo que podría generar situaciones de estrés financiero para hogares con menor capacidad adquisitiva.
Lejos de “liberar” a Estados Unidos, idea que Trump busca vender y posicionar, el círculo vicioso de los aranceles, que ha inundado la agenda internacional, podría tener serias consecuencias para la economía global; algunas erróneamente subestimadas, y aún difíciles de calcular.
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