Fervor y memoria de una Argentina irreductible

“Lo que conmueve y admira de Argentina es aquella enorme creatividad y belleza que sigue viva en la ciudad capital pero también en el interior”.

    Carmen McEvoy
    Por

    Historiadora

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    Resumen

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    Ilustración: Giovanni Tazza
    Ilustración: Giovanni Tazza

    “Argentina no es solo un mal perdedor”, afirmó un columnista de “The Spectator”, sino un “horroroso ganador”. Prosiguiendo con una línea editorial generalizada en Gran Bretaña, y que no hace sino expresar la frustración de un antiguo imperio frente a su inimaginable derrota futbolística, el dedo intentó apuntar a la “arrogancia” del equipo vencedor. En ese sentido, la banderola que desplegó el equipo argentino luego de su triunfo, descrita como “desgraciada y mentirosa”, era la prueba contundente de una “leyenda” (Las Malvinas son argentinas) absurda. Porque, a pesar de que la inobjetable victoria blanquiceleste les otorgó a millones de argentinos el privilegio de una clasificación con “dignidad”, al resentido contrincante le ganó, de acuerdo a “The Spectator”, la “falta de compasión y la crueldad”. Lo que me lleva directamente a lo que nunca se menciona en estos ataques: el impacto emocional de una guerra terrible en la que centenares de jóvenes reclutas argentinos fueron enviados, por un dictador alcoholizado, a una muerte segura. Y, aunque han pasado 44 años de un acto vil e inhumano, entre los centenares que cometió una dictadura asesina, todavía nos duele. Tanto o igual como la arrogancia –vale regresar al concepto de “The Spectator”– de un thatcherismo que utilizó la estupidez e irresponsabilidad del general Galtieri para reforzar la imagen y el poderío militar de una potencia en declive.

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