Durante los últimos años, muchos han repetido que a los jóvenes no les interesa la política. Pero eso, felizmente, no parece ser verdad. El interés político entre los jóvenes peruanos no solo no ha caído, sino, como ha recordado mi colega Ricardo Cuenca en una reciente columna de opinión, ha crecido. Refiere que, entre los años 2006 y 2023, dicho interés aumentó en 15 puntos porcentuales, según el Proyecto de Opinión Pública Latinoamericana de la Universidad de Vanderbilt, un centro de excelencia en investigación que utiliza enfoques científicos rigurosos y métodos innovadores para llevar a cabo estudios sobre la opinión pública y el comportamiento. Y esta es una tendencia sostenida.
Los jóvenes sí están mirando, pero el problema es qué están viendo. Porque ese mayor interés convive con una desafección profunda y con una institucionalidad cada vez más erosionada. Han crecido con 10 años de inestabilidad, ocho presidentes de la República, crisis encadenadas e instituciones que no terminan de sostenerse.
¡Cómo se extrañan esos tiempos donde la política peruana estaba estructurada alrededor de partidos con identidad, militancia y continuidad! El Partido Popular Cristiano, el Partido Aprista Peruano, Acción Popular, entre otros, ofrecían trayectorias. Podían gustarnos o no, pero representaban posiciones reconocibles, con liderazgos formados y redes orgánicas en el país.
Esa arquitectura se erosionó y lo que vino después fue la dispersión que vemos ahora. La política dejó de organizarse en partidos para fragmentarse en vehículos electorales. Agrupaciones que aparecen para una elección y desaparecen en la siguiente, sin memoria, sin responsabilidad, sin incentivos para construir confianza en el tiempo. En ese contexto, pedirle a los jóvenes que confíen en la política suena absolutamente desubicado. Y pedirles esperanza en el sistema suena cínico. No porque no les importe el país, sino porque ninguna oferta política los interpela de verdad.
Cuando el sistema democrático no logra canalizar el interés político, ese interés se desplaza hacia opciones más autoritarias. Se vuelve más permeable a soluciones simples para buscar resolver problemas complejos. Y ahí es donde aparece el riesgo, como señala Cuenca. No porque los jóvenes quieran autoritarismo, sino porque empiezan a valorar atributos que la democracia no está entregando: orden, eficacia, capacidad de decisión. Cuando las instituciones fallan, esas promesas ganan terreno, aunque impliquen recortar reglas.
Ese es el verdadero desbalance: más interés político, pero menos confianza en la democracia que debería procesarlo. El problema, entonces, no está en los jóvenes. Está en la oferta. En un sistema que no logra construir liderazgos creíbles, propuestas consistentes ni canales de representación efectivos.
Este domingo 12 de abril, dos millones y medio de jóvenes votaron por primera vez, pero para esta generación que recién entra al sistema, la política es un sistema que nunca funcionó. Es fragmentación, improvisación, desconexión estructural con la ciudadanía.
El voto joven no es indiferente, sino que se moviliza rápidamente porque no encuentra quién pueda representarlos. Mientras eso no cambie, el voto joven seguirá moviéndose. Y los ‘políticos’ seguirán pensando que, para ganarse su voto, basta con abrir cuentas en TikTok.
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