"Carlos Ramos Núñez nos explica cómo era el procedimiento en esos jurados de élite".
"Carlos Ramos Núñez nos explica cómo era el procedimiento en esos jurados de élite".
Francisco Miró Quesada Rada

Exdirector de El Comercio

No me refiero a la justicia que viene impartiendo el juez Richard Concepción Carhuancho, quien se basa en los sólidos argumentos del fiscal José Domingo Pérez, que de profana no tiene nada, sino a la obra de otro magistrado, el Dr. Carlos Ramos Núñez del Tribunal Constitucional.

‘Profano’ o ‘profana’ significa varias cosas: Que no es sagrado. Que no demuestra el debido respeto por lo sagrado. Significa también libertino, deshonesto, inmodesto. Esta es una visión negativa de lo profano, pero como bien señala en la presentación del libro el jurista cordobés Alejandro Agüero, esta palabra empezó a tener una aceptación distinta a partir de la Ilustración francesa, que cuestionó la concepción canónico-romana basada en la comprensión sacralizada del mundo y de la política. Desde este punto de vista lo profano empieza a tener un sentido positivo.

El título de la obra está acompañado de un subtítulo que es el meollo de la temática: “El Jurado de Imprenta en el Perú”. Si bien este tipo de jurado empezó a instalarse luego del descubrimiento de Gutenberg, en Europa, a través de España ingresó al Perú y al resto de Latinoamérica. En el fondo era una forma velada de mantener la censura, con características y procedimientos distintos a la impartida por los reyes o por la Iglesia, que en aquella época eran los únicos autorizados a decidir qué debía leerse y qué no.

Explica Ramos Núñez que el Jurado de Imprenta estuvo vigente en nuestro país a lo largo de 108 años, ello a pesar de las nuevas ideas de la Ilustración que predominaron en los albores de nuestra independencia, las que fueron más un enunciado que una realidad. Así pues, la libertad de expresión, que antiguamente se llamó libertad de imprenta porque los medios de comunicación eran libros, periódicos y otros textos impresos, estuvo siempre en peligro bajo la amenaza de ser sometida a estos jurados no solo en Lima, sino en diversas capitales importantes de provincias.

En su obra el autor dice que pretende demostrar, y lo demuestra, que el Jurado de Imprenta tuvo una presencia notoria y a veces dramática en la historia del Perú. La libertad de imprenta, explica Ramos Núñez, se halla en el centro de su reconocimiento en los albores de la República. Tan temprana aceptación tenía por finalidad evitar una judicatura profesional que podía caer en el rigorismo de las penas, por ello se consideró conveniente que fuera el pueblo el llamado a administrar justicia. De allí que los jurados de imprenta debieran ser integrados por cualquier ciudadano, pero resultó que sus miembros provenían de la élite política, económica, profesional y cultural; no hubo obreros ni campesinos en estos jurados.

Detrás de los jurados estuvo latente la amenaza de censura que se aplicó desde San Martín y, como bien informa Ramos Núñez, por razones moralistas la libertad de imprenta no fue irrestricta. Este jurado desaparecería a partir de la Constitución de 1933. El puntillazo final fue dado por una comisión presidida por Manuel Vicente Villarán e integrada por un conjunto de personalidades de la época como Toribio Alayza y Paz Soldán, Víctor Andrés Belaunde, Jorge Basadre, Luis E. Valcárcel, Emilio Romero y un joven José León Barandiarán. Lo paradójico de las recomendaciones de esta comisión, como señala Ramos Núñez, es que si bien garantizaba la libertad de expresión en medios impresos, se admitió la censura previa para el cine y otras exhibiciones.

Muchos pasaron por este Jurado de Imprenta y por diversos motivos: O’Higgins, Santa Cruz, Paz Soldán y luego Ricardo Palma y López Albújar, por un jocoso poema contra Cáceres, e incluso los directivos de un periódico racista antichino y antijaponés, que se llamó el “Peligro Amarillo”.

Poco a poco, cuando uno se adentra en la casuística, el libro se torna delicioso. Invita a la curiosidad, nos causa ironía, sorpresa e indignación. Pero también el autor demuestra que muy pocos fueron los condenados por este delito que felizmente ya no existe, la mayoría salía absuelta.

Carlos Ramos Núñez nos explica cómo era el procedimiento en esos jurados de élite. Él es de aquellos juristas, profesor de Derecho en la Pontifica Universidad Católica, que se han dedicado al estudio de la historia de las instituciones, siguiendo la huella que dejaron Ella Dunbar Temple y Vicente Ugarte del Pino, notables maestros sanmarquinos.