mxLa soledad de nuestros tiempos
El desafío de construir sociedades más conectadas.

Escritora y especialista en Relaciones Internacionales

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

En soledad, hombres y mujeres encontraron respuestas que transformaron sus vidas. En soledad, muchas personas llegaron a conocerse profundamente.
En soledad, hombres y mujeres encontraron respuestas que transformaron sus vidas. En soledad, muchas personas llegaron a conocerse profundamente.
Experimentar soledad puede ser inevitable, pero vaya que puede abrir espacios para situaciones relevantes. En este sentido, no siempre es negativa. Además, es una etapa que puede revelar una paradoja interesante: parece alejarnos de los demás, pero en realidad puede prepararnos para conectar mejor.
Según el psicoanalista Donald Winnicott, una persona que puede estar sola sin sentirse destruida, desarrolla una identidad más sólida y, precisamente por ello, puede relacionarse mejor con los demás (The Capacity to be Alone, 1958).
Muchas veces damos por sentada la presencia de otros e incluso dejamos de reconocer su importancia. Quizás por ello algunas personas pueden sentirse solas aun estando acompañadas. Sin embargo, cuando las relaciones que forman parte de nuestra vida cambian o desaparecen, no solo llegamos a ser conscientes de su valor, sino que también podemos llegar a descubrir si realmente sabemos construir nuevos vínculos. La soledad puede convertirse entonces en una escuela inesperada. Al sacarnos de nuestra “zona de confort relacional”, puede impulsarnos a desarrollar nuevas capacidades para conectar con otros, integrarnos a distintos entornos y participar con mayor confianza en la vida en sociedad.
No obstante, una preocupación se asoma en la actualidad, y es que las consecuencias de la soledad que sí son negativas han comenzado a surgir como resultado de ciertos cambios sociales.
Nuestra sociedad está cambiando
Durante décadas, la disminución de la natalidad fue asociada principalmente con los países desarrollados, especialmente europeos, donde se produjeron importantes cambios en las formas de vida y en la conformación de las familias.
Sin embargo, esta tendencia dejó de ser exclusiva de las sociedades más desarrolladas y ha comenzado a extenderse hacia países de América Latina. El Perú, por ejemplo, también está atravesando esta transformación demográfica. Según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), la población adulta mayor continúa creciendo, mientras que la tasa de natalidad peruana ha disminuido significativamente en comparación con décadas anteriores.
Esto significa que, así como ocurrió en países del primer mundo, el Perú también podría enfrentar en el futuro mayores desafíos relacionados con la soledad, a medida que cambien el tamaño de sus familias y los nuevos estilos de vida se sigan imponiendo.
En 2025, la Organización Mundial de la Salud, a través de su Comisión sobre Conexión Social, reconoció que la soledad y el aislamiento social constituyen un serio desafío para la salud, con consecuencias de gran alcance. Ante ello, instó a los Estados a visibilizar esta problemática y promover respuestas desde sus políticas públicas.
La soledad perenne puede deteriorar la salud mental, favorecer la ansiedad y la depresión; profundizar el aislamiento social e incluso aumentar el riesgo de conductas suicidas. Asimismo, si el aislamiento se prolonga, puede normalizarse como forma de vida, haciendo que la persona deje de reconocerlo como un problema. Y si esta tendencia se extiende a una escala social, sus efectos pueden trascender lo individual.
La salud es un derecho fundamental y, al tratarse de una realidad que puede afectar la salud de los ciudadanos, requiere una respuesta del Estado.
Al respecto, Japón ya cuenta desde 2021 con la figura conocida como el “Ministerio de la Soledad”, una instancia gubernamental creada para articular respuestas frente a la soledad y el aislamiento social. Japón enfrenta este fenómeno con especial intensidad debido a su baja natalidad, el envejecimiento de la población, el aumento de personas que viven solas y el hikikomori, aislamiento prolongado por meses e incluso años en el hogar.
España tiene un enfoque diferente, pero también ha incorporado formalmente la soledad como una cuestión de política pública. En febrero de 2026, el Gobierno aprobó el Marco Estratégico Estatal de las Soledades (2026-2030), que articula respuestas desde los ámbitos nacional, autonómico y local. A ello se suman programas de los ayuntamientos orientados a fortalecer la participación y prevenir el aislamiento. Su tradición mediterránea, históricamente vinculada a una fuerte valoración de la vida comunitaria y la interacción social, forma parte del contexto cultural desde el cual enfrenta este desafío.
Cada sociedad responde de acuerdo con su propia realidad demográfica, cultural e institucional.
El reto para el Perú
Los datos demográficos muestran que el Perú avanza hacia una sociedad diferente. El reto para el país será anticiparse a estos cambios para que sus ciudadanos no tengan que enfrentarlos solos.
La soledad tiene una dimensión positiva como espacio de autoconocimiento e incluso preparación cuando forma parte de etapas temporales. Pero “No es bueno que el hombre esté solo”, como bien señala un verso bíblico que parece una frase sencilla, pero que contiene una profunda implicancia social. La vida en sociedad, la conformación familiar y los vínculos forman parte de las condiciones que sostienen el bienestar integral del ser humano. Favorecen nuestra participación social y nos dan un sentido de pertenencia. No tenerlo en cuenta, precisamente, no es nada bueno.
Cuando percibimos que las conexiones que necesitamos no están disponibles, puede aparecer una sensación de desamparo, vacío o incluso inseguridad; algo similar ocurre a nivel institucional cuando no sentimos la presencia del Estado. La sensación de estar solos frente a nuevas realidades puede ser muy difícil; psicológicamente, necesitamos percibir que contamos con apoyo para afrontarlas.
El Estado tiene la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos y garantizar sus derechos, pero hay países en los que su acción pública no se limita a ello, sino que también consideran el bienestar integral de las personas. Ese cuidado, como presencia del Estado, puede reconocerse e incluso sentirse tan solo al caminar por sus calles, y es que una ciudad es la expresión visible de cómo una sociedad entiende el bienestar y la vida en sociedad.
Construir condiciones sociales que favorezcan la conexión y una buena calidad de vida también es una forma de prevención y acompañamiento. Nuestro Estado necesita seguir evolucionando institucionalmente, incorporando estos nuevos desafíos que ya forman parte de la agenda internacional.











