“Seguridad ciudadana” es uno de esos términos que parecen decirlo todo y, al mismo tiempo, no decir nada concreto. Abarca desde la lucha contra el crimen organizado hasta el patrullaje barrial, desde la prevención social hasta la reforma del sistema de justicia. No sorprende, entonces, que los planes de gobierno de los 36 candidatos a la presidencia incluyan propuestas para enfrentar lo que, para la mayoría de peruanos, es hoy el principal problema del país.
Sin embargo, tan importante como entender la raíz estructural de la inseguridad –la expansión del crimen organizado, la debilidad institucional, la corrupción o la falta de oportunidades– es comprender cómo este fenómeno impacta en la vida cotidiana de las personas. La inseguridad no es solo una estadística de denuncias o un mapa de delitos; es una experiencia diaria que condiciona decisiones, restringe libertades y moldea el estado de ánimo colectivo.
En ese sentido, una pregunta simple puede revelar mucho. La última encuesta mundial de WIN y Datum, realizada en 44 países, incluye la siguiente interrogante: ¿se siente seguro caminando solo por la noche en su vecindario? La respuesta funciona como un termómetro ciudadano respecto a la percepción de seguridad.Los resultados para el Perú son preocupantes. El 59% de los peruanos afirma no sentirse seguro caminando por las calles de noche. Cuando se trata de mujeres, la cifra se eleva al 64%. Es decir, casi dos de cada tres peruanas viven con la sensación de vulnerabilidad al desplazarse por su propio barrio. En el ránking general de percepción de seguridad, el Perú ocupa el puesto 38 de 44 países evaluados, es decir, en el tercio inferior.
El Perú no está solo en este panorama. Ecuador ocupa el último lugar del ránking, y un dato aún más revelador es que los siete países donde más mujeres se sienten inseguras al caminar por la noche son todos latinoamericanos. No se trata de una coincidencia aislada. América Latina, pese a sus avances macroeconómicos en las últimas décadas, enfrenta un deterioro sostenido en materia de seguridad pública, vinculado en gran medida al crecimiento de economías ilegales en la región.En el extremo opuesto del ránking aparece Georgia como el país donde más personas se sienten seguras caminando solas por la noche, seguida por seis países asiáticos y uno africano. Más allá de las diferencias culturales o geográficas, estos casos demuestran que es posible mirar otras experiencias y aprender de ellas. Existen modelos en los que la combinación de políticas preventivas sostenidas, eficacia policial y altos niveles de confianza ciudadana ha permitido construir entornos urbanos significativamente más seguros.
La comparación internacional funciona como un ‘benchmark’ útil. No para alimentar complejos, sino para dimensionar con mayor precisión la magnitud del desafío. La solidez de este indicador se aprecia cuando se cruza con otras variables de la encuesta, como si la persona ha sido víctima de algún tipo de violencia (física o sicológica) en el último año o de acoso sexual. En ambos casos, la incidencia es significativamente mayor entre quienes declaran sentirse inseguros al caminar por las calles. Esto sugiere que la percepción no es un mero estado de ánimo colectivo, sino que está estrechamente vinculada a experiencias reales de victimización.
Por eso, cuando los candidatos hablan de seguridad ciudadana, la población espera resultados concretos que se reflejen en su vida cotidiana, más allá de estadísticas oficiales y medidas específicas. El objetivo final no es solo reducir cifras delictivas, sino lograr que más peruanos –y especialmente más mujeres– puedan caminar de noche sin miedo. Esa sensación cotidiana es, en última instancia, el indicador más claro de si un país está recuperando el control de su presente.
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