La discusión sobre TikTok ya no puede reducirse a una advertencia doméstica sobre las «demasiadas horas en el celular». El problema es más profundo: cómo el diseño de ciertas plataformas moldea la gestión emocional de los adolescentes. En el Perú, donde cientos de miles de escolares muestran indicadores de uso problemático de las redes sociales, el tema exige un enfoque más serio que la simple apelación al autocontrol.
El punto es entender que no hablamos solo de decisiones individuales, sino de entornos digitales diseñados para maximizar la permanencia. El desplazamiento infinito, la reproducción automática y la personalización algorítmica no son accesorios neutros: buscan capturar y retener la atención. La experiencia está estructurada para reducir las pausas y favorecer el consumo continuo.
La evidencia científica respalda la preocupación. Un metaanálisis liderado por Panagiotis Galanis (2025) encontró una asociación consistente entre el uso problemático de TikTok y mayores niveles de ansiedad y depresión. El riesgo no depende únicamente de la cantidad de horas, sino de la pérdida de control: sueño alterado, tareas postergadas e interferencia con la vida cotidiana. Otras revisiones recientes apuntan en la misma dirección.
Un matiz relevante lo aporta la investigación de Nisha Yao (2023): la ansiedad o la tristeza no conducen automáticamente a un uso compulsivo. El factor decisivo es la dificultad para tolerar las emociones incómodas. Cuando un adolescente no cuenta con las herramientas para manejar la frustración o el malestar social, busca un alivio inmediato. TikTok, con su flujo constante de estímulos breves y gratificantes, puede convertirse en un regulador emocional externo. El problema surge cuando el entretenimiento pasa a cumplir una función de anestesia.
El debate internacional ya ha incorporado esta dimensión estructural. En Estados Unidos, un proceso judicial contra las grandes tecnológicas cuestiona el diseño de las plataformas dirigidas a menores. Como informó El Comercio, la demanda sostiene que mecanismos como el algoritmo personalizado no son neutros, sino estrategias para maximizar el tiempo en pantalla, incluso si ello afecta el bienestar.
En el Perú, el diagnóstico es preocupante. El Estudio Nacional sobre Consumo de Drogas en Estudiantes de Secundaria de Devida (2024) reporta que más de 373 mil escolares presentan un uso problemático de las redes sociales y más de 476 mil, de smartphones. Además, a mayor uso problemático, mayor es la prevalencia del consumo de alcohol y tabaco. No se trata de afirmar causalidades simples, pero sí de reconocer una acumulación de riesgos.
Nada de esto implica demonizar TikTok. La plataforma puede ser un espacio de creatividad y expresión. El desafío es evitar que sustituya los ámbitos donde se aprende a gestionar las emociones: la familia, la escuela y la comunidad.
La prevención debe ir más allá del conteo de horas. Requiere educación emocional desde edades tempranas, alfabetización digital para comprender cómo operan los algoritmos y rutinas claras de desconexión. Los padres y docentes deben observar señales como la irritabilidad intensa al interrumpir el uso, el aislamiento o las alteraciones del sueño, no para reaccionar con prohibiciones impulsivas, sino para acompañar.
La pregunta central no es cuánto tiempo pasan los adolescentes en TikTok, sino qué buscan allí. Si la plataforma se convierte en su principal refugio frente al malestar, estamos delegando en una aplicación lo que corresponde a las redes humanas de apoyo. Reconocer el peso del diseño digital no elimina la responsabilidad individual, sino que la contextualiza. El reto es formar jóvenes con mayor capacidad de autorregulación y exigir entornos digitales que no exploten sus vulnerabilidades.
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