(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

En la narrativa de la oposición legislativa y de buena parte de los comentaristas de opinión, el gobierno de adolece de una clara falta de rumbo político. Al Ejecutivo se le achaca carecer de operadores políticos capaces de navegar la compleja situación que enfrenta en el Parlamento y, como vemos con la actual , en la arena de las protestas sociales. En resumen, se acusa al Gobierno de rodearse de técnicos que operan desde la torre de marfil.

En un primer nivel, la crítica al Gobierno es válida. El Ejecutivo no ha sabido enfrentar con sabiduría las diferentes crisis con las que se ha topado, desde la censura a Saavedra hasta el caso Chinchero, que costó la cabeza de dos ministros. La estrategia política –si es que la hubo– falló en ambos casos en un contexto de suma agresividad de la oposición. Parte del problema es el propio presidente, para quien la política parece ser un ruido molesto del que solo hay que ocuparse cuando no queda otra opción. Cuando se le pide una autocrítica al primer año de gestión, Kuczynski responde que su gran deficiencia fue no recuperar el crecimiento económico. Pero la falta de vigor económico se explica en parte por la baja confianza de los agentes económicos, que a su vez se explica en buena medida por la percepción de entrampamiento político. La buena política es buena economía.

Sin embargo, la crítica al Gobierno también tiene serias contradicciones. En primer lugar, no es difícil imaginar el cargamontón que le hubiera caído al presidente si hubiera puesto más políticos en su gabinete. A Kuczynski se lo acusaría de no atender el mandato con el que fue elegido: hacer un gobierno de carácter técnico con el fin de recuperar la economía y destrabar los proyectos de inversión. Las voces críticas del presidente –empezando seguramente por el fujimorismo– estarían pidiendo “que se deje de hacer política y se atienda de una vez los verdaderos problemas del país”.

En segundo lugar, la crítica al Ejecutivo es injusta porque plantea a este gobierno como un punto de quiebre frente a los tres anteriores, cuando en la esfera política son más las continuidades que los cambios. La disyuntiva técnicos vs. políticos no es nueva y se remonta, paradójicamente, a los años del fujimorismo en el poder. A eso se suma que cuando los políticos estuvieron a cargo, los resultados no fueron mucho mejores. Incluso en la segunda presidencia del Apra –la organización con más larga trayectoria en la política peruana– fueron políticos los que estuvieron en la primera línea en las dos crisis que hundieron al Gobierno: los ‘petroaudios’ y el ‘baguazo’. La gran diferencia entre Toledo, García, Humala y Kuczynski es que los tres primeros no tuvieron a una sola fuerza de oposición controlando el Legislativo.

En tercer lugar, si bien hacer buena política –es decir, fijar prioridades claras e invertir capital político con base en una estrategia realista– es a todas luces una prioridad, no está claro quiénes son los indicados para ejecutarla. En este punto está el meollo del asunto. En el Perú vivimos en una era pospartidos. Por eso, es un espejismo insistir en la idea de que son esos políticos de partidos inexistentes los que deben encargarse de sacarnos del embrollo. La realidad es que el vínculo que unía a los políticos (y a sus partidos) con la sociedad –por ejemplo, con los sindicatos y las organizaciones de base– se rompió hace mucho tiempo. A eso se suma que en la cultura política actual, la gran mayoría de nuestros representantes tiene escasa formación política y no ha sido entrenada en el difícil arte de la negociación.

¿Realmente creemos que los políticos de profesión están necesariamente mejor preparados para solucionar una huelga magisterial como la que amenaza por estos días el año escolar?Entender la política en la era pospartidos no significa renunciar a ella, y esto el Gobierno lo debería entender bien. Pero mientras no recompongamos de verdad los partidos –tarea quizá imposible– tenemos que pensar en soluciones creativas para algunas de las funciones de la política. Los políticos como fueron concebidos en buena parte del siglo XX ya no existen. La imagen que tenemos de los técnicos debe cambiar. Existen profesionales –por ejemplo en el mundo de las ONG e incluso en el sector privado– que sin haber hecho política partidaria tienen un amplio conocimiento del país y entienden qué significa hacer política desde sus esferas. Quizás son esos los operadores silenciosos que necesita el Gobierno.