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Cuando leer es conversar, por Fernando Berckemeyer

“Al leer sus columnas, uno siente que cuando Gonzalo escribe no lo hace pensando en que va a transmitirte todo lo que sabe, sino en preguntarse qué es lo que sabe; qué es lo que está en condiciones de afirmar y qué no”.

Fernando Berckemeyer Ex director periodístico de El Comercio

Lectura

“Ciertamente yo he sentido, mientras leía a Gonzalo, que conversaba con él”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Gonzalo Portocarrero acaba de presentar una compilación de las columnas que publicó en estas páginas entre el 2012 y el 2017 (“Desde lejos, lo cercano”, Peisa). Releyéndolas, descubrí que me equivoqué sobre lo que sus artículos serían cuando aceptó comenzar a escribir para el Diario. Yo pensé que iban a ser fuera de lo común, por lo que suponía tener comentando la actualidad, en el lenguaje no especializado de un periódico, a alguien de su cultura e independencia, con una trayectoria de casi cincuenta años de pensar –y sobre todo, pensar el Perú– profesionalmente. Sin duda, sus columnas tuvieron todo eso; pero con el libro me he dado cuenta de que su verdadera excepcionalidad estaba en otra parte. Me refiero a la humildad con que, teniendo todo lo mencionado, Gonzalo aborda los temas que va tratando.

Y es que estos artículos están escritos como exploraciones, para usar una palabra con la que el mismo autor los describe, y son, por lo tanto, “ensayos” en el sentido más primigenio. Al leerlos, uno siente que cuando Gonzalo se sienta a escribir no lo hace pensando en que va a transmitirte todo lo que sabe, sino en preguntarse qué es lo que sabe; qué es lo que está en condiciones de afirmar y qué no. En ese sentido, sus ensayos no podrían ser más fieles al ‘motto’ de Michel de Montaigne, el fundador del género: “¿Qué se yo?”.

Es a causa de esta humildad de base que estas columnas se sienten como algo que –a juzgar por lo que se repite de diferentes formas en ellas– su autor cree que las personas tenemos que ser: una mano abierta, una invitación al encuentro. No hay un púlpito. Lector y escritor salen juntos a investigar los temas que a ambos les interesan y, muy a menudo, les inquietan.

Resulta imposible siquiera empezar a hacer justicia a los temas del libro en un espacio corto: son tan múltiples y variados como las cosas que han impactado a Gonzalo en esos seis años. Hay reflexiones sobre el fujimorismo, el rol del arte en la búsqueda de lo sagrado, Arguedas, la homofobia, la fe, Trump, los Emiratos Árabes, el arte de enseñar, el cáncer contra el que lucha, la civilización del espectáculo y tanto más. Son muchísimas las opiniones y debo decir que, aun en los casos en los que no coincido con él (como en varios de sus comentarios sobre el capitalismo, en los que creo que acaba atribuyendo a la economía resultados que no corresponden a esta), salí de leerlo sintiéndome enormemente beneficiado por haberlo hecho.

No quisiera, sin embargo, dejar de comentar brevemente uno de los ejes temáticos del libro que me movió especialmente. Me refiero al acercamiento que hay en él al mal y a la otra cara de esa misma moneda, el bien (porque estos son artículos en donde, a menudo, la coyuntura solo es excusa). Un acercamiento que va a contracorriente del que tiene nuestra época. Acá, el mal no aparece como algo que ocurre casi por accidente, porque alguien está “enfermo”, o por banalidad. No. En los artículos de Gonzalo el mal es algo con mucha mayor entidad que eso: algo que está en la naturaleza del hombre como una pulsión protagónica y poderosa. En este sentido, su mirada sobre las causas de la injusticia es mucho más cercana a la del mito de la caída en el Génesis que a la de cualquier explicación psicológica, sociológica, económica o, en general, cultural.

Eso, para hablar del mal como obra humana. Porque también hacen su aparición en el libro ya no el mal que proviene de lo que las personas hacemos, sino, por así decirlo, el que está presente en la estructura del mundo, en la forma como muchas cosas son.
En todo caso, poderosas como me parecieron sus ideas sobre el mal, me resultaron aún sus reflexiones sobre el bien. Una fuerza que –lo cito– es “mucho más misteriosa”. ¿De qué está hecho el bien? ¿Qué lo constituye?

Es una pregunta difícil pero hay en el libro una intuición sobre dónde puede estar su esencia que a mí me pareció certera, además de un gran consuelo, y hasta una posible redención frente a la dureza a menudo tan inclemente de la vida. No quisiera decir dónde creo que asoma esa respuesta en los artículos, porque pienso que vale la pena irla descubriendo al leerlos, pero sí diré que pienso que tiene que ver con una bellísima cita de Vasilly Grossman que da fin a una de las columnas.

Y hablando de citas. Decía Descartes que leer es conversar con las mejores mentes en sus mejores momentos. Ciertamente yo he sentido, mientras leía a Gonzalo, que conversaba con él, y puedo asegurar que su conversación es, además de profundamente estimulante y provechosa, muy cercana y generosa. Una conversación, esto es, que hace que uno termine el libro sintiéndose, no solo enriquecido, sino también con ganas de transmitir a su autor ese agradecimiento personal como el que este antiguo alumno suyo, uno dentro de los miles de beneficiarios que ha tenido en más de cuarenta años enseñando, quiere acabar expresándole.

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