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Terminar de ver la quinta temporada de Stranger Things.

Volver a Madrid y retomar el jogging, ya no para recuperar el estado atlético del que solía jactarme una década atrás, pero sí para bajar los seguros cinco kilos ganados durante mi estancia en Lima, donde las comidas –y en especial las bebidas– han jugado un rol preocupantemente estelar.

Celebrar mi medio siglo de vida sin estruendo; en el mejor de los casos, repitiendo la fórmula con que festejé mis veinte años: comiendo tallarines verdes hasta reventar y viendo una maratón de «Seinfeld».

Mudarme de casa. El mismo apartamento pequeñito que hace once años resultaba ideal, cálido y romántico para la pareja de recién llegados a España que formábamos mi novia y yo, ahora —dos hijas más tarde— nos parece una cueva invivible donde las pertenencias adultas e infantiles conviven en un desorden creciente.

Ir tres veces por semana a la piscina y nadar cien largos sin parar.

Retomar las visitas al psicoanalista.

Entrar más al cine y menos a TikTok.

Desechar las invitaciones recibidas para unirme a programas de streaming y crear —por mi entera cuenta, bajo mi propio riesgo—, innecesarios contenidos de YouTube.

Volver a hacer entrevistas. No sé a quién, ni sé con qué propósito, pero me urge (es un decir) propiciar conversaciones con gente que tenga algo que decir: algo nuevo, algo inteligente, algo poético, o al menos algo útil.

Moderar mis likes a Dua Lipa en Instagram.

Meterme a clases de boxeo para pelear con mi sombra.

Juntarme virtualmente con mis hermanos para cantar un tango por los cien años que mi padre cumpliría el año entrante.

Continuar dictando talleres de escritura creativa y ser testigo de cómo los participantes transforman sus recuerdos en emociones, sus emociones en lenguaje, y su lenguaje en relatos dignos de ser leídos en voz alta.

Ir a un concierto de «El Último de la Fila».

Esperar que mi hija Julieta cumpla 9 años para sentarnos a ver la trilogía de Star Wars y quizá, si muestra el temple y coraje necesarios, Tiburón 1.

Esperar que mi hija Emilia cumpla 2 años para que haga sus pinitos en el vertiginoso universo de La Granja de Zenón.

Celebrar mi décimo aniversario de matrimonio, si no con un viaje intercontinental a un destino exótico donde nos hagan masajes de tejido profundo…, al menos con una cena caliente después de hacer dormir a las niñas.

Ver el Mundial de fútbol e intervenir en alguna apuesta esperando que España (o, mejor aún, Brasil) vuelva a levantar la Copa.

Leer cien libros: ochenta novelas, quince conjuntos de cuentos y cinco ensayos.

Rectificar la promesa anterior después del primer trimestre.

Cultivarme en el desapego y vender la colección de muñecos de acción que lleva una década guardada en el sótano de la casa de mi infancia. (Nota: evaluar la posibilidad de quedarme con El Padrino, La Hormiga Atómica y Bruce Lee).

Recibir a mi madre en Madrid y hacerla feliz durante los veinte días que durará su estadía.

Memorizar un poema de Mary Oliver y el inicio de un relato de Amy Hempel.

Dejar listo el manuscrito de la novela en la que vengo trabajando desde hace un par de años, y sobre la que no puedo decir gran cosa porque, muy en el fondo, no estoy seguro de qué trata.

Votar en la primera vuelta de las elecciones generales por el candidato que prometa refundar la educación en el Perú. O sea, votar en blanco.

Celebrar el tetracampeonato de la U.

Bajar mis niveles de glucosa.

Borrar sin pena esos antiguos correos electrónicos que a veces —por una nostalgia tetuda— releo como si una parte de mí deseara volver a la época en que no tenía responsabilidades ni compromisos, en un ejercicio inútil que me distrae de las urgencias domésticas del presente.

Ponerme un piercing y hacerme la vasectomía. No necesariamente en ese orden.

Enviarle una carta por correo a un viejo amigo anunciándole que, muy a su pesar, he convertido a todos sus padres en personajes literarios.

Llevar esta columna a otro medio —o al menos a mi muro de Facebook—, donde pueda seguir escribiendo sobre lo que se me cante, sin que a nadie le importe demasiado.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Renato Cisneros es escritor y periodista

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