Cuando se habla de terremotos, la pregunta habitual es de cuántos grados fue. Sin embargo, la magnitud no es el único factor determinante. La verdadera dimensión está en su impacto sobre la infraestructura y las personas. El terremoto de Yungay en 1970 es un claro ejemplo. Aunque su magnitud osciló entre 7 y 7,5, la combinación del sismo con el colapso del Huascarán generó una avalancha que sepultó la ciudad, lo que cobró más de 50.000 vidas. Esto muestra que la vulnerabilidad del entorno y los efectos encadenados pueden ser tan o más determinantes que la energía sísmica.
Desde la ingeniería civil, cada evento sísmico ofrece valiosas lecciones. Un factor clave es el comportamiento del suelo, que influye en la respuesta estructural. En Lima, el Centro Histórico está sobre suelos compactos, lo que ha favorecido la resistencia de construcciones antiguas. En cambio, distritos como La Molina o San Juan de Lurigancho, asentados sobre suelos más sueltos y poco consolidados presentan mayores riesgos debido a la amplificación sísmica, que incrementa la intensidad del movimiento al atravesar capas blandas, y a la licuefacción, que ocurre cuando el suelo saturado de agua pierde temporalmente su resistencia y se comporta como un líquido, de modo que pone en riesgo la estabilidad de las estructuras.
Sin embargo, el tipo de suelo no es el único determinante. Las características estructurales de los edificios también juegan un papel crucial . Construcciones con pisos blandos, formas irregulares o cambios abruptos de rigidez pueden colapsar incluso ante sismos moderados. En el Perú el riesgo se agrava aún más por el uso de materiales inadecuados y ampliaciones estructuralmente deficientes.
La buena noticia es que existen soluciones. La ingeniería moderna ha desarrollado tecnologías para reducir el riesgo sísmico. Entre ellas están los aisladores sísmicos, que se colocan en la base de los edificios para desacoplar el movimiento del suelo, y los disipadores de energía, que actúan como amortiguadores para reducir la fuerza que llega a la estructura. Estas tecnologías ya se usan en hospitales, puentes y edificios estratégicos del país. Incluso algunas universidades las han incorporado en su infraestructura.
En conclusión, los terremotos no se pueden evitar, pero sí podemos estar mejor preparados. Esto implica invertir en investigación, educación, urbanismo basado en microzonificación sísmica y tecnologías de mitigación. La historia sísmica del Perú nos ha dado múltiples advertencias. Hoy, con los conocimientos disponibles, no podemos darnos el lujo de ignorarlas. Estar preparados no es solo una decisión técnica, sino una responsabilidad ética y social.
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