La palabra ‘therian’ viene del griego ‘therion’, que significa “animal salvaje”, y del término ‘anthropos’, que significa “humano”. Describe a las personas que se sienten poseídas e identificadas con un espíritu animal, lo que las hace asumir ocasionalmente su conducta sin dejar de ser humanos. Realmente, el impacto mediático que ha tenido esta identidad subraya cómo percibimos la realidad guiados por el algoritmo del Internet que nos presenta a los ‘therian’ como un fenómeno numeroso cuando, en realidad, es todo lo contrario.
Pese a que los humanos somos parte del reino animal, es decir, somos un primate más, hemos generado una separación artificial entre “nosotros humanos” y “animales”. Sin embargo, esta diferencia no ha estado ajena a un gran conflicto: los animales son parecidos a nosotros y al mismo tiempo no lo son. En un primer momento fueron una competencia con mejor equipamiento biológico que nosotros, que carecemos de garras y colmillos. No es de extrañar que antes de dominarlos con nuestras armas, los hayamos venerado como tótems proyectando en los felinos, los osos y las aves rapaces nuestros propios valores multiplicados al infinito.
Hasta el día de hoy los chamanes amazónicos dicen ser poseídos por espíritus animales del bosque para adquirir el poder sobrenatural de curar. También hasta el día de hoy muchos superhéroes lo son porque adquieren las características de un arácnido como el hombre araña o logran poder simbólico vistiéndose como murciélago y dando terror a los criminales.
Luego de esta divinización, los animales cayeron en desgracia frente a nosotros, que los usábamos para el trabajo pesado, bajo el concepto de “bestias de carga”, llevamos a la extinción a muchas especies usándolas para comida, vestido, entretenimiento y diría que hoy también para el turismo. Hubo una percepción generalizada de que “no tenían emociones” o que el sufrimiento para el espectáculo se justificaba por la “tradición”. Haciendo un poco de fantasía se puede afirmar que los animales no humanos podrían percibirnos como depredadores en la mayor parte de los casos, algunos pueden todavía vernos como presa fácil y otros como socios por conveniencia.
Hoy en día, entrado el siglo XXI, hemos vuelto a proyectarnos en los ojos de los animales, no como dioses, sino como hermanos menores que tienen una inocencia y bondad que nosotros anhelamos y hemos perdido. Los humanizamos al extremo y con culpa, abundan las tiendas de productos para mascotas y se ofrecen “vestidos” humanos, comida especial balanceada y se promueve su adopción como hijos antes que su compra como esclavos.
Al interior de esta idealización vista desde la perspectiva humana, no es extraño que dentro de las múltiples identidades que se generan en el Internet los ‘therians’ hagan su aparición, como una identidad que proyecta en los animales valores perdidos por los humanos. Insisto en que los ‘Homo sapiens’ también somos animales y por la sobredimensión que le damos al algoritmo de Internet se puede afirmar que somos proclives a ser manada, y me temo que también a ser domesticados por lo que nos ofrece el ciberespacio.
El problema es el uso político que se le puede dar a esta moda, pues la libertad de vivir una identidad es algo mucho más serio cuando hablamos de discriminación. Me refiero a los típicos ataques que recibe la comunidad trans en nuestro medio y el consabido argumento prejuicioso de “si crees que eres mujer/hombre, entonces yo me creo gato y soy gato” no hace sino banalizar una lucha que sigue siendo dura en un ambiente agresivo. Si hay algo que sabemos es que somos una sola especie con diferencias que nos hacen especiales pero con igualdad ante la ley, algo bueno por lo que luchamos los humanos.
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