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Editorial: El horizonte de la estrella

El Apra tiene el reto de lograr aquello que proclamó tantas veces en el último tiempo: sobrevivir a la figura de Alan García.

Editorial

Apra

El Apra necesita construir una línea ideológica clara y un programa de acción reconocible por la ciudadanía. (Foto: Lino Chipana/El Comercio)

El Partido Aprista Peruano (PAP) ha sido una de las fuerzas que más ha contribuido a moldear la vida política del Perú en el último siglo. Allí está su longevidad, que le ha permitido sobrevivir a la desaparición de muchos de sus coetáneos de nacimiento –como el Partido Comunista Peruano, de José Carlos Mariátegui– y que lo ha llevado a terminar batiéndose electoralmente en el nuevo siglo con agrupaciones mucho más jóvenes –como Fuerza Popular–, para dar constancia de ello. El hecho de que el Apra sea el único partido heredero de la política de las plazas y discursos inflamados de las décadas de 1920 y 1930 que tiene representación en el Parlamento de hoy no puede ser una situación atribuible solo a la fortuna.

De igual manera, no han sido pocas las veces en su historia que se ha vaticinado su inminente extinción. La muerte de su fundador y líder histórico, Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1979, el desastre del primer gobierno aprista que finalizó dejando al país ahogado en la hiperinflación y la bancarrota en 1990 o la crisis actual de los partidos tradicionales llevaron a proclamar la tesis de que, tarde o temprano, el partido de la estrella terminaría en el mismo sino que tantísimas fuerzas políticas nacionales: desapareciendo.

Y sin embargo, como sabemos, el PAP ha conseguido extender su vida y sobreponerse a todo lo anterior. Ahora, empero, se abre ante sí otro desafío nada desdeñable: lograr sobrevivir a quien, tras la partida de Haya de la Torre, había conseguido personificar la vida de la agrupación y llevarla dos veces a Palacio de Gobierno, Alan García.

Y decimos que el reto entraña cierta complejidad, particularmente por tres cosas. Primero, porque resulta innegable que en las últimas décadas la vida política del partido ha orbitado alrededor del señor García y del arrastre que su figura provocaba entre la ciudadanía (algo que queda claro cuando recordamos que, una vez que este anunció su retiro de la política y el partido intentó continuar con su vida institucional, lo que vino a continuación fue una seguidilla de luchas intestinas ruidosas y de facciones internas que se señalaban mutuamente por los cargos directivos del grupo). Segundo, porque en los últimos años diversos destapes han terminado por ensuciar la imagen de varios funcionarios de la administración aprista comprometiendo por añadidura la credibilidad del grupo. Y tercero, porque, en honor a la verdad, resulta difícil identificar qué representa el PAP en cuanto línea ideológica o ejes programáticos.

En efecto, en las décadas recientes el Apra ha modificado tanto su agenda y sus propuestas que se ha convertido en un ente radicalmente distinto al que gestó Haya de la Torre hace casi cien años. Esa metamorfosis, curiosamente, no ha sido necesariamente mala para el país. Por el contrario, resulta saludable que el partido haya superado sus tesis más intervencionistas de sus orígenes y que haya dado un vuelco desde la heterodoxia económica de 1985 –que fue, a todas luces, un fiasco– hasta las políticas mucho más flexibles del segundo gobierno de García, que ayudaron a reducir la pobreza y a aumentar varios puntos del PBI.

En los últimos años, no obstante, la identidad del Apra se ha terminado difuminando hasta volverse irreconocible. Y a juzgar por las propuestas legislativas de sus representantes en el Congreso parece que no existiera un relato detrás que sostenga la dinámica del partido. No en vano, en muchas ocasiones sus acciones han sido confundidas con las de otros grupos, como Fuerza Popular, o se han quedado en el nivel meramente político, como una fuerza dedicada más a golpear al Gobierno que a proponer verdaderas reformas.

Si el Apra quiere trascender a Alan García, necesita hacer aquello que han hecho tantos partidos políticos alrededor del mundo: construir una línea ideológica clara y un programa de acción reconocible por la ciudadanía, que demuestre una vocación de existencia por encima de cualquier persona. Si no lo hace ahora, quizá termine por dar vestigios de veracidad a los pronósticos que, por años, han anunciado su caducidad.

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