Es una fantasía a la vez clasista y xenófoba: borrar a los venezolanos, a los ‘choros’ y a todos los pobres, con un simple golpe de limpiaparabrisas. Como la lluvia, como la mugre. Es una fantasía surgida de la fobia y del miedo de los que no solo se acercan a la brecha urbana, sino que están, durante los instantes que dura el semáforo en rojo o el atracón, dentro de la brecha misma, con el motor prendido para trepar por sus muros estrechos; allí donde la tierra se traga las diferencias irreconciliables de ingresos, de seguridad, de formalidad; allí donde nos vemos las caras los que tenemos carro y los que no tienen nada.
Soy de los que manejan y tienen aversión a las intersecciones colmadas de gente que se busca la vida. Los más peligrosos son, ciertamente, los adultos que te lanzan a la luna el líquido jabonoso mientras tú gesticulas “no” con los brazos y con todas tus fuerzas. No es una oferta de servicio, tampoco es un robo de acuerdo con la tipificación del delito; es un acto extorsivo. Yo debiera estar entre los limeños que aplauden el anuncio de nuestro alcalde metropolitano, Rafael López Aliaga, que ya ha tenido una concreción en el Decreto de Alcaldía 08-2023-MSS del alcalde Carlos Bruce, de Surco, que prohíbe la actividad de limpiar parabrisas en las intersecciones. Pero no lo estoy.
No creo que esa pretendida solución sea la más justa y prudente. Es tan simplona como la fantasía del golpe de limpiaparabrisas para borrar todo lo que tememos. Es injusta porque muchos peruanos y venezolanos justos pagarán por los pecadores. Es imprudente porque lanzarías a los hombres dedicados a este oficio a otras actividades quizá abiertamente delictivas y también es imprudente porque abres la puerta a más decretos u ordenanzas que escondan fobias discriminadoras. Ya está cantada una próxima prohibición a los cuidadores de autos.
¿Nos quedamos como estamos? No. He oído otras buenas sugerencias en el debate que surgió el 5 de abril cuando nos enteramos de que el venezolano José Giró Hoyner mató clavando una tijera en el corazón al peruano Gianmarco Núñez, con quien discutió porque se negó a que le limpiara el parabrisas. La mayoría van por la idea de empadronar, poner requisitos y vigilar esa actividad. Es la manera en la que varios municipios han domeñado la informalidad salvaje buscando un equilibrio entre el mercado formal y las necesidades de supervivencia de quienes no son absorbidos por este. Esa solución se puede ir trabajando aun si entra en vigor el decreto de Bruce. Las prohibiciones y habilitaciones pueden ser temporales y dinámicas. En esta ciudad sobredimensionada, en esta sociedad crispada, no podemos entendernos si no es con tolerancia activa, con pruebas y errores.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.