En el Perú, hablar de becas suele asociarse con apoyo social para jóvenes de bajos recursos, pero no son un programa asistencialista ni un beneficio transitorio: son una inversión económica estratégica que fortalece la productividad, impulsa la movilidad social y mejora la competitividad del país.
Un país que beca no subsidia; invierte. Los beneficiarios de programas de becas no solo acceden a educación superior, sino que regresan a la economía como profesionales que generan mayor valor, tributan más, crean emprendimientos, contribuyen con innovación y elevan la calidad del capital humano.
El costo de no invertir también es claro. Reducir o postergar becas significa menos profesionales en áreas críticas como salud, tecnología, educación e ingeniería, limitar la investigación, frenar la innovación y ampliar la brecha entre quienes pueden pagar una educación de calidad y quienes quedan fuera del sistema por razones económicas. En un país con profundas desigualdades, recortar becas es retroceder en productividad, desarrollo y cohesión social.
Las becas no solo transforman vidas; transforman economías locales. Cada becario que vuelve a su región impulsa proyectos, genera empleo y eleva el estándar profesional de su comunidad. La movilidad social que producen es uno de los motores más potentes del crecimiento económico inclusivo.
Si aspiramos a un Perú más competitivo, más productivo y menos desigual, las becas no deben reducirse, sino fortalecerse. La educación no es un gasto, es la inversión más rentable que puede hacer un país.
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