Por Kenyi Peña Andrade

La percepción social de los tatuajes ha experimentado una transformación considerable a lo largo de las últimas décadas. En épocas anteriores, llevar dibujos o símbolos permanentes sobre la piel podía relacionarse con comportamientos considerados fuera de lo convencional, e incluso con determinados sectores vistos con desconfianza por buena parte de la sociedad. Esa mirada fue cambiando progresivamente, especialmente a medida que avanzó el siglo XXI. La tinta corporal comenzó a adquirir nuevos significados y pasó a ser entendida como una herramienta mediante la cual una persona puede comunicar aspectos de su historia, sus gustos, sus valores o simplemente una preferencia estética. Actualmente, los tatuajes forman parte de la vida cotidiana en numerosos ámbitos y ya no generan el mismo rechazo que décadas atrás. Deportistas, artistas, profesionales y personas de diferentes edades los incorporan como parte de su apariencia sin que necesariamente exista una lectura negativa detrás de esta elección. En ese contexto, también resulta llamativa la decisión contraria: optar por no modificar la piel. Para algunas personas, mantenerla libre de tatuajes responde a convicciones personales, preferencias estéticas o simplemente a que nunca han sentido interés por hacerlo. La ausencia de tinta, al igual que su presencia, puede convertirse en una elección individual que refleja distintas maneras de entender la identidad y la expresión personal.