Por Renato Cisneros

“Nunca confíes en tus opiniones”, me dijo una vez una anciana que sin duda había alcanzado un grado importante de sabiduría. En un principio, su consejo me desconcertó; parecía ser la infalible receta para la vacilación o el camaleonismo. Solo los volubles, los inestables, los mediocres desconfían de sus opiniones, pensaba yo por dentro. Me tomó un tiempo reparar en la sustancia de la frase. Aquella mujer no me había sugerido abandonar mis opiniones una vez formadas, solo me invitaba a ser un poco escéptico con ellas, a no considerarlas tan definitivas, a no darlas por sentado tajantemente, a que mantuviera entreabierta esa puerta pesada que el ego se empeña en clausurar: la puerta de la equivocación.

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