Por: Milagros del carpio, coordinadora del proyecto (milydelcarpio@gmail.com)

"Profesor, ¿qué hago?, ¡mi hijo quiere ser músico!”. No, no es una frase ideal para empezar este artículo, pero es una frase que debe escuchar regularmente Fernando Lecaros en su trabajo como director de

Lo que sigue a aquella pregunta, por supuesto, es una comprensiva explicación que Lecaros intenta transmitir: la música es una opción y puede darle a un ser humano la oportunidad de verse y conocerse a sí mismo, así como percibir y fortalecer sus potencialidades para plantearse sus propios desafíos.

Tocar un instrumento es un reto cotidiano que demanda gran templanza y más esfuerzo. La música parte de la introspección y ello permite ver la vida de una manera diferente.

Pero la explicación no basta. Joselo (12) deja de asistir a las clases de la orquesta por las tardes, en un intento de sus padres por que se le pase ‘la fiebre’ y se le olvide ese instrumento que los vuelve locos a todos en casa, el violín. Desde temprano por la mañana, por la tarde y la noche, se dedica a tocar y solo lo detienen las tareas escolares, las prohibiciones y el sueño.

Llegará el momento en que Joselo deba salir del colegio a la vida real e ingrese a la universidad para estudiar ‘algo serio’. Nadie necesita un músico en la familia y ‘ya se le pasará’, piensan sus padres; finalmente, puede ser ingeniero industrial y seguir tocando el violín cuando le sobre tiempo.

La continuación de esa historia la vive actualmente Herbert M. P., talentosísimo contrabajo descubierto por los maestros de la orquesta. “Herbert quería ser músico, pero su papá no lo dejó. Abandonó la orquesta al terminar el colegio y ahora estudia Físico-Matemática en la Universidad San Antonio Abad del Cusco. No sé cómo le estará yendo, pero supongo que bien porque era muy disciplinado, muy correcto”.

Para Fernando Lecaros esto no le es ajeno: él mismo, primer violín de la Orquesta Sinfónica del Cusco, terminó su carrera de Economía para poder, cinco años después, estudiar Música en la Escuela Superior de Música Leandro Alviña Miranda y luego en el Conservatorio Nacional. “Cuando uno es joven, se deja influenciar mucho. A mitad de carrera yo sabía que nunca iba a ser economista. Cumplí y me fui”.

Lamentablemente, en el país el arte está relegado a una categoría menor que contempla pasatiempos o carreras de segundo nivel, por decir lo menos.

Pero las Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles del Cusco no tienen entre sus planes rendirse en la búsqueda de talentos y la difusión de la música en general. Buscan nuevos integrantes, niñas y niños desde los seis años y adolescentes con música en el alma, con la ilusión de hacerla vibrar con las cuerdas de un violín, un violonchelo o la propia voz, aunque no sea para convertirse en músicos profesionales. Las familias deben hacer una pequeña inversión mensual y eso sin duda es una limitación hacia una participación más amplia y plural, pero se espera que más pronto que tarde el Ministerio de Educación pueda hacer suyo este proyecto. “Por el momento –dice Fernando–, tenemos un acercamiento con el Ministerio de Cultura a través de la Orquesta Sinfónica del Cusco y su director, Teo Tupayachi, quien tiene gran iniciativa para impulsar nuestro trabajo”.

realizan actividades de formación musical en violín, violonchelo, viola, contrabajo, coro y percusión, con la aspiración de poder incluir otros instrumentos. Además, realizan un trabajo de proyección social llevando su música a plazas, parroquias, municipios de la región y diversos centros culturales de la ciudad. La convocatoria ha sido abierta y es libre para quien desee sumarse a los 80 integrantes que actualmente tiene la orquesta. Vamos, todos necesitamos un músico en la familia. //

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